Ese hombre, supo un día caminando por la vida, estampar con sus labios ese beso, mientras la mar se agitaba y mojaba mis pies, caminando por la playa, descuidada. Ese hombre, hecho fuego en la arena movediza de los siglos, me traía los suspiros de las pampas, los azules de los ríos y los múltiples colores de esos cielos, como en trote de corceles, sacudiendo mis banderas. Cual misterio, se encubría en mis confines, escondiendo su mirada en las tinieblas silenciosas, que protegían mi castillo. Era el príncipe que tenía, dos estrellas en el alma. Y doblaban las campanas en la Iglesia solitaria. Aquel piano, tocaba el Ave María, dulcemente, en el fondo imperturbable de la noche.
4 Me gusta