Volverás a descender al mismo barranco,
a aturullarte en sus pútridas malezas?.
Quien sabe,
después de tanto descuido,
si volverán las mismas tropelías.
Anoche la vio,
su eterno cigarro,
su risa compulsiva,
su andar errabundo.
Y volvió a subir a su coche,
a oír sus historias sobre decrépitas ancianas,
que solo piensan en morirse,
pero escatiman cada céntimo.
Volviste a abrazarla, a besarla,
mientras tus manos
auscultaban cada centímetro de su cuerpo,
moldeado por el trabajo y la penuria.
Entonces ansiabas permanecer a su lado
y conseguías rechazar las embestidas.
Mitigabas el sufrimiento con el ahínco
de su sonrisa,
y eras feliz.
Y bajabas del coche,
comenzando a vagar
quién sabe si al mismo barranco.
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