Es Viernes Santo,
en las calles de Madrid.
Camina el Medinaceli,
camina Jesús, el Nazareno,
con su rostro
de sombra y martirio.
El aire se hace incienso;
claveles y rosas
en la oración del pueblo.
El alcalde ya se ha ido…
a seguir olvidando…
Ese pequeño Caifás
de nuestros días,
ciego ante el dolor
que pasa por su puerta.
Camina el Medinaceli,
camina Jesús, el Nazareno,
sostenido por cien almas;
lo custodian entre lágrimas
hasta el calvario.
El cielo baja a mirarnos
y la noche tiembla.
Hay un temblor divino
de misterio.
Cristo pasa llorando
por dentro de las almas;
su llanto es rito,
su mirada, herida abierta.
El paso se detiene…
Ante un mendigo,
el mismo Dios
se inclina a escucharle:
—¡Miradlo, miradlo!
¡El Cristo está temblando!
—¡Miradlo, miradlo!
¡Cómo duele su llanto!
—¡Miradlo, miradlo!
¡Qué dolor tan hondo
guarda el Señor,
por nosotros,
bajo su manto!
El Dios
de los pobres,
el de los desamparados,
lo deja en la calma,
bendecido,
entre sus claveles
y sus nardos…
Dos golpes y
el capataz ordena:
—¡Al cielo con él!
Camina el Medinaceli,
camina Jesús, el Nazareno…