Una frase
bastó para fisurarme.
Cientos de veces
pronuncié tu nombre en forma de “te amo”,
a media voz,
como si el mundo no mereciera esa verdad.
Cientos de veces.
Y yo,
habitante de tus silencios,
aprendí a leer lo ínfimo:
gestos dispersos,
afectos sin lengua,
promesas que nunca se atrevieron a ser sonido.
Creí.
Hasta que lo dijiste.
Una sola vez.
Y bastó.
Porque hay palabras
que no se dicen:
se encarnan.
Y la tuya
se me quedó latiendo,
como una herida tibia
que no sabe cerrarse.
Hoy sobrevivo
de ese único instante,
de esa sílaba tuya
que aprendí a llamar eternidad.
Respiro
los vestigios de lo que fuimos,
como quien guarda cenizas
y aún les llama fuego.
Y en la distancia —
esa patria donde no existes—
te invento:
me miras,
me nombras,
me rozas desde lo imposible.
Pero no alcanzo.
El amor, ya lo sé,
es esta forma de hambre:
aceptar la migaja
y jurarle infinito.
Y yo…
yo llamé amor
a la única vez
que dijiste
“Yo te amo”.