Ahora mi corazón se enamora de fantasmas y, sin avisarme, comienza a cabalgar aceleradamente.
Cuando veo el vestido,
de todas estas personas,
rozar en una tarde calurosa,
persiguiendo hojas de papel.
Como dos enamorados que no se han confesado, mis manos sudan a pesar de estar como hielos.
Llevando un jardín de gente:
pequeños que se creen edificios,
grandes que no saben mirar abajo;
luciérnagas mueren todos los días.
A Ramiro el agua se le llevó su casa. “Y a nadie le importó”, me dijo. Años de esfuerzo se los tragó el agua. No importa, él sabe que nada dura para siempre. De ahí sus cinco matrimonios.
Palabras hirientes como cuchillos,
esperan que yo muerda,
hace mucho perdí los dientes:
están enterrados en algún sostén.