Hay mañanas
en las que el peso de mi propio latido
es demasiado.
Cuando la cuna aún conserva el calor
y unos dedos pequeños me buscan en sueños—
mientras yo los traiciono
con cada paso que me acerca a la puerta.
Camino hacia un lugar donde nada respira.
Donde las sonrisas están cosidas a los rostros
como máscaras de plástico,
y el tiempo es devorado
por un reloj que no deja de masticar.
Todos aplauden por nada.
Los correos llegan como fantasmas.
Y yo me siento detrás de un escritorio
que no alimenta a nadie.
Mi bebé, en algún lugar,
florece sin mí—
tibia de leche
y oliendo a eternidad.
Y yo estoy aquí,
cambiando horas doradas por minutos grises,
en una moneda que jamás recuperaré.
Dicen que esto es responsabilidad.
Lo llaman ambición.
Pero ¿y si solo es abandono
bien vestido?
¿Y si el verdadero trabajo
espera en el peso pequeño de su cuerpo contra el mío?
En las canciones de cuna,
en los sueños susurrados,
en la revolución silenciosa
de estar plenamente presente.
Algunos días quiero gritar
en el silencio de este edificio:
“Me estoy muriendo aquí.”
Pero nadie escucharía.
Están demasiado ocupados fingiendo.
Aun así, escribo.
Aun así, sangro belleza
sobre las páginas en blanco.
Porque aunque deba dejarla,
nunca
me dejaré a mí misma.