Esta tarde
regresé al hogar…
Al viejo umbral
de pizarra desgastada
por los soles infinitos del estío
y las lluvias torrenciales
del invierno.
Aquel umbral
de la calle Zarza,
hollado por los pasos
y el trasiego
que, con bordes ya raídos,
me abría la puerta al paraíso.
Mi asiento predilecto
de soñar
en largas tardes
bochornosas de verano,
con la calle enmudecida
y el silencio
escondido en mi mirada.
A mis anchas.
Niña entonces.
Sola, perdida y enredada
entre monólogos de piedra
y fantasías de cartón.
Aquel teatro
donde yo
era siempre el público,
el personaje
y el autor.
Allí sentada…con la sombra.
En mi refugio inexpugnable.
Y enfrente…
la otra acera siempre soleada
y transparente
de mi infancia.
Al abrigo de dragones
y de brujas,
de feos hombres del saco
de añejos cuentos
que mi padre me contaba.
Sola.
Inventando…
mil historias de piratas,
de paraguas voladores,
de manzanas encantadas…
El aire,
me aplaudía agradecido
estremeciendo los postigos
de mi casa.
Mi vieja casa.
La casa humilde…
dónde nací.
Un hogar blanco de cal
que ya no existe.
De aquel umbral,
que fue mi asiento favorito,
solo quedan las historias,
los recuerdos…las palabras.
La brisa fresca
de las noches de verano.
Y una nostalgia que rezuma…
ausencias,
lejanías
y distancias.
Dejé atrás
aquella niña soñadora,
ya no hay aire que me aplauda.
Pero aún conservo,
en el umbral de mi memoria,
viejos sueños.
Y en mis manos
nudosas y cansinas…
brotan versos todavía.
…
Esta tarde
regresé al hogar
pero yo…no estaba.
Algo me queda, la blanca cal.
(Un soplo de luz en la oscuridad)
(Este poema lo publiqué en el anterior Poémame en agosto de 2019)
Foto: De mi amiga Lola González.
