El otoño llega despacio, sin que nos demos cuenta
como las manos de dos novios jóvenes que se separan tras el beso de despedida
y se alejan despacio sin pena ni drama, sabiendo que volverán pronto
a encontrarse. Y sonríen.
Viene como si nada, a escondidas.
En forma de hoja seca que se acerca
a los pies de una chica que charla descuidada en el parque
con otra amiga, o compañera
y esquivando las tiras de la sandalia
la toca un pie, o se lo besa
para darle aviso que ya ha llegado.