No amarillo, y por cierto ningún tono de blanco,
ningún color. . .
no a las salidas que prometiste en mayo
ni al verdor que dijiste que vendría después.
No ese abrazo que guardaste para el momento exacto
y el momento pasó en su inmediata inmediatez.
No azul, no amor,
no un rojo verdadero que con violenta
fluidez conduce mi sangre intoxicada
hacia mi sien.
No la oruga enroscada en el filo de un cuchillo,
no el viento ni la lluvia al atardecer,
no esa luz extraña que se filtra
por las persianas a las tres.
No estas manos vacías,
la clavícula, la columna, la voz, los pies
no esto que tiembla, asciende y gime
hasta caer otra vez.
No esto, no aquello, no tal cosa,
y de nuevo: no amor, no deseo,
no azul, no nada
(¿y yo?,
yo me desvanezco en vaivén.) —
No tú, no yo,
ni lo que quede después,
no nuestros rostros
al amanecer,
al inicio de la oscuridad.
-snieto