Me ha dicho una nube negra
que en los suspiros del viento
hubo una vez un desaire
que puso en cólera al cielo.
Sonaron en las alturas
baladros mor del despecho,
que en los celajes sombríos
se convirtieron en truenos.
Y dos alfanjes brillantes
al tropezar sus aceros
con el fulgor de mil rayos
prendieron el universo.
De la reyerta los lloros
y los profundos lamentos
son tromba de recia lluvia
y montaraz aguacero.
En la inclemente borrasca
de los amores etéreos
transita la tempestad,
-¡centellas, cierzos, estruendos!-
y tornan viejos cariños
del vil gemido al tormento.
Una manera sumamente audaz y poéticamente hermosa y carismática, de describir la configuración de una tempestad, como si de disturbios amorosos se tratara.
Un poema que atraviesa la imaginación de parte a parte y fluctúa su imaginario entre la razón y el corazón.