Arequipa no es una ciudad cualquiera, es una ciudad que le pertenece a un volcán. Este la protege y asiste desde sus entrañas con imponente caballerosidad; ella escarcea núbil en sus confines con un manto verde de campiña. La imponente visión del “Misti”, que así se llama el volcán, aterra a los visitantes y enorgullece a los arequipeños que por tradición también se hacen llamar “mistianos”. Los nacidos en esta tierra dicen de sí mismos que por sus venas no corre sangre, sino más bien la lava hirviente de su “apu”* protector, y no es para menos, pues viven muchos “mistianos” en casonas manufacturadas con el magma enfriado del volcán, material conocido como “sillar”. Dicen las crónicas que por el color característico del sillar a esta ciudad la llamaron en la colonia (y la siguen llamando en la actualidad) “ciudad blanca”. Por todo esto es que me atrevo a pensar que las entrañas del volcán un día también la reclamaran, para terminar uniéndose en colosal matrimonio.
La vieja casona está construida, en buena parte, con las entrañas frías del volcán. Los alarifes hicieron un buen trabajo con el sillar, paramentos firmes y gruesos se han mantenido enhiestos frente a grandes terremotos e inestabilidades sociales. El único techo abovedado, que sobrevive al paso indetenible del tiempo, permitiría datarla en una antigüedad mínimamente mayor a los 150 años, pues después de ese tiempo se dio paso a los techos hechos con durmientes de rieles.
Las voluntades de los que transcurrieron sus vidas ahí han dejado también su huella indeleble, y la vieja casona luce también sus caprichos. Conviven en intrincada armonía cuartos de sillar y de cemento; techos de vulgar calamina que le hacen sombra a pisos de estilo decimonónico. Crecen también grandes árboles, y salpicados por ahí algunos arbustos. Uno de los árboles, un maduro manzano, murió abrúptamente un día, sin saber nosotros el porqué. Simplemente se fue secando y la sombra que nos dadivaba se marchitó y se fue… Algo parecido le pasó a un arbusto que un día apareció tumbado, con las raíces expuestas y agonizando víctima de un jardinero en el que preferíamos no pensar mucho. No podría dejar pasar por alto que a tal engendro lo vieron alguna vez, pero el testimonio de una niña de cuatro años siempre será desestimado, porque es sabido que preferimos conjurar nuestros miedos con la negación. Eso siempre nos reconforta. Dejaré al lector dar ejercicio a su imaginación y formar la efigie del ser como mejor le parezca. Lo mismo hice yo.
La puerta principal es de madera, podría decir que es algo “moderna” y desentona con el muro alto y anticuado. Da a una calle céntrica, transitada de pasos indiferentes y apurados, saturada de bocinas y malos humores. Tiene un postigo pequeño, donde dice también mi sobrino, fue empujado un día por la nada, que al parecer tenia apuro en salir a visitar otras casas embrujadas.
La cocina principal es pequeña y lúgubre, tendrían que verla y sabrían por qué alguna vez un vaso salió disparado, rompiéndose en mil pedazos y cortándole con una esquirla la pierna a uno de mis hermanos. Concluimos, puerilmente, que el vaso no pudo soportar más habitar rodeado de espectros y visiones, cobró aliento propio e intentó huir por sus propios medios, costándole tristemente la vida.
Sombras misteriosas que se escabullían de la visión en el rabillo de los ojos, cortinas tiradas violentamente, y pesadillas eviternas, eran cosas comunes en la vieja casona y sus habitantes convivían en relativa paz con ellas.
Que podría decir yo de estos hechos, a mí no me pasó nada digno de pábulo de conversación, más allá del frío sobrenatural que me desgarró cada día y que me hizo sentir senil y cercano a mis finales días.
El lugar es polvoriento y muy frió en el invierno, sobre todo los cuartos de manufactura más reciente, donde precisamente ocurrieron los más terroríficos hechos…
Fue una noche cualquiera cuando las manifestaciones reñidas con natura hicieran cumbre en su ascenso inexplicable. Hallabase mi hermano mayor descansando en su cuarto, el único de madera, cuando repentinamente azotaron en tropel la puerta sus dos menores hijas. Presas de desesperación no podían hacerse entender siquiera. Él las llamó a la calma y pudo entender, entre sollozos, que algo estaba sacudiendo la cama de una de ellas. Mi hermano salió acopiando todo el valor que pudiera mendigarle al miedo, mi sobrino se sumó al escándalo y fueron juntos al cuarto de las niñas.
Cada uno cree en lo que quiere creer. Debo decir que mi hermano fue años ha, un ferviente creyente en la fe evangélica; la que pide diezmos y denosta de santos e imágenes. Fue tal vez esa su única convicción, pues muchas veces ha narrado su historia desde el sesgo de ese ángulo, y mi sobrino ha dado fe de que cada palabra y cada hecho fueron muy reales. En esa coyuntura y constatando ya que el evento paranormal que describían sus hijas era muy serio, mi hermano gritó con todas las fuerzas, las suyas y las de sus dogmas: “¡Este lugar es de Cristo… ustedes no tienen poder aquí!”. Pero las garras que arañaban con furia la parrilla metálica y el colchón del viejo catre no se aquietaron siquiera y continuaron haciendo un ruido espantoso, a la vez que hacían temblar la cama y las temperancias. Parecían desconocer las palabras que les espetaban con desconocida autoridad, sean santas o profanas. Mi hermano tuvo que repetir su conjuro un par de veces, hasta que el silencio se posó lentamente en la habitación, dejando tras de sí únicamente el palpitar violentado de los corazones. Se bien que el hecho no se repitió, quizás porque las niñas nunca volvieron adormir ahí, quizás porque lo oculto también se toma descansos… no los sé.
Un amigo, conocedor de estos temas nos explicó que la ocurrencia de estas manifestaciones estaba muy relacionada a la presencia desproporcionada de hijas de Eva, respecto a los de Adan. La relación medular de esto no tiene explicación racional, pero nos recalcó que lo había comprobado en muchos casos. La presencia de muchas damas, en una vieja casa, es una receta perfecta para cocinar bien estos eventos. Pero él solo era un investigador y necesitábamos un profesional.
Fue así que un personaje experto en estos menesteres, nos visitó un día para darle tratamiento a la casa. Rápidamente estableció su diagnóstico:
– ¡Aquí hay una puerta… una entrada y salida a un mundo dimensional diferente! – dijo muy seguro al sentir el frió opresor en el ambiente – esto no puede ser normal –
Nuestro amigo hizo bien su trabajo (los medios que usó no los describiré por no faltar a sus secretos de oficio). Nos aseguró que la casa estaba ahora limpia. No ocurrieron otras cosas, o al menos nadie las ha constatado ya. La casa está por ahora deshabitada hace ocho meses, contando desde hoy que escribo estas líneas, pues está a la venta, con todos sus pasivos… y tal vez con sus activos. Espero de corazón que no se parrafée** más de ella.
- Apu: En nuestra cosmovisión local, los “Apus” son considerados seres vivientes que dan protección especial a los habitantes de la región que tutelan.
**Parrafear, neologismo/arcaísmo, muy usado por Ricardo Palma.