Sucedió en una vieja casona (1)

Dicen que Fántaso y Morfeo, los hijos más queridos de Hipnos, visitan a los reyes y príncipes para susurrarles maravillas mientras duermen. Al común de los mortales nos visitan oniros menores y sin nombre. “Ratero de mierda” me gritó el que visitaba mi sueño una noche cualquiera dejándome estupefacto. Despierto ya, pero aún obnubilado, me di cuenta de que el grito desgarrador era muy humano, y se repitió rasgando con violencia el descanso de todos los que en aquel tiempo habitábamos la vieja casona. Era la voz del mayor de mis hermanos, quien habiase percatado de que algún extraño estaba movilizándose en el interior de su cocina. Me enderecé por instinto, mi esposa me tomó por el brazo, atemorizada, pidiéndome que mejor no saliera. Le dije que si así había gritado mi hermano era justamente porque estaba pidiendo ayuda al mismo tiempo que intentaba intimidar al ladrón. Salí al callejón dispuesto a enfrentarme a lo que sea. El frío otoñal me apuñaló, pero no me impidió coger una gruesa madera. Casi al instante se sumaron al grupo de conjurados mi padre y mi otro hermano, cada uno armado con lo que mejor pudiera. Encendimos el foco del callejón, que por débil aparentaba más acentuar las sombras que ofrecernos luz. Mi hermano mayor, sintiéndose flanqueado de refuerzos, susurró ya despacio: “Hay un ladrón en mi cocina”. Mi sobrino, que también había acudido al llamado y cuyo cuarto estaba justo al frente de la cocina, confirmó la versión de su padre: “Han arrastrado el balón de gas, yo también lo he sentido”. Cruzamos miradas de temor, y un escalofrío recorrió nuestros cuerpos. Pero algo debíamos hacer. “¡Sabemos que estás ahí y estamos armados, es mejor que no hagas nada!”, gritó uno de los nuestros, siendo el silencio de la noche la única respuesta. Ponderábamos ya quién se encargaría de llamar a la policía y quiénes se encargarían de la custodia del supuesto ladrón, cuando se sintió en el interior un ruido repentino que nos enervó hasta el espíritu y nos obligó a enristrar nuestras patéticas armas… en una fracción de segundo vimos pasar por la ventana la ágil figura de un común gato, que más espantado que nosotros, alcanzó el techo de un solo salto para perderse por siempre en las sombras. Todos nos miramos entonces con mezcla de asombro y alivio, prestos a archivar el suceso en el grueso anecdotario familiar, todos menos mi hermano mayor y su hijo, los cuales no daban por satisfechas las afrentas de lo oculto. “Un gato jamás podría arrastrar un pesado balón de gas”, repetía desconcertado mi hermano mientras se acercaba con respetuoso sigilo a la puerta de la cocina. Encendió la luz con valentía, entramos todos y pudimos comprobar que el balón no se había movido un centímetro. “Yo estoy seguro de lo que he oído”, terminó por decir mi sobrino. En aquel tiempo pensé, como es lógico, que todo fue obra de algún oniro bromista y juguetón. Pero el tiempo y los hechos dieronle la razón a los que no se tragaban el cuento del gato. Otros hechos inexplicables, que continuaron sucediendo, se encargaron de encajar en mejor lugar cualquier explicación que pudiéramos darle a tal evento.

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