A mis hijos
Dos nombres ponen rostro a mi alegría
en mañanas de sangre anestesiada,
en noches tejidas de llantos de hada
y en los momentos ausentes del día.
Dos rostros ponen nombre a mi armonía;
solo basta una mueca, una llamada,
la certeza táctil de una mirada
y sus besos de miel y fantasía.
Orfebres de sus sonrisas y enojos,
vigías de mis actos más honestos,
fuente de fe que sacia a los ateos.
La vida es el tiempo frente a sus ojos,
frente al contorsionismo de sus gestos
y a la urgencia vital de sus deseos.
