Te levantas y,
ante el espejo,
ves, un día más
-como tantos-,
el mismo rostro de ayer,
los mismos labios,
la misma mirada.
De ayer a hoy,
nada ha cambiado.
Un día no es nada.
Trescientos sesenta y cinco días
de nada, son tan sólo un año.
Un año, que se suma,
a la suma de los años
de aquella niña de ayer,
que se hizo mujer y madre.
A lo largo del sendero,
es cierto que hubo tristezas
-pero muchas alegrías-,
y que viste nacer arrugas
acompañando a tu sonrisa
(pero son arrugas bellas,
que esconden, bajo sus curvas,
amados recuerdos lejanos).
Hoy, siguen brillando tus ojos,
hay esperanza en tu corazón
y donde hay esperanza, hay vida
y vida es todo aquello
que te queda por sentir.
Al final, si lo piensas,
cumplir un año más
es, tan sólo, otra perla
que se añade a tu camino.