Sobre la eternidad

Ser inmortal es quedarse fijo en el tiempo. Es volverse estático, mostrar un único perfil —grave o ligero— desprovisto de dinamismo. La inmortalidad suspende, congela, enfría. No evita que se le adhiera un halo de grandeza, pero lo hace a costa de la vida misma.

La eternidad es una falsa aspiración del ego. Empuja a tallar rostros en piedra, a desplegar lienzos heroicos, a fabricar una épica ceremonial que nos engrandezca durante este breve y a veces miserable tránsito por la carne.

Creyeron que la eternidad consistía en poder aparecer en cualquier momento del tiempo: representados de forma icónica, montados sobre un caballo, dirigiendo tropas invisibles a través de la niebla de la incertidumbre. Confiaban en la imaginación de quienes vendrían después, en que esos observantes sabrían leer, en la imagen ofrecida como tributo, la grandeza intermitente de una victoria individual investida como gesta colectiva. A eso llamaron eternidad.

Él, en cambio, estaba acribillado por las deudas. Tan visiblemente marcado por los acreedores que nadie se dignaba a prestarle atención. Se había convertido en una sombra deudora, en una mancha dentro de su propio expediente de vida. Abandonado, pero presionado desde todas partes para pagar, o al menos para abonar lo suficiente como para comprar tiempo y ser escuchado de nuevo.

En semanas recientes había conocido el ácido de la indiferencia. La asfixia de no poder mirar de frente. Su destino parecía ser terminar los días contemplando espaldas ajenas, tocando puertas abiertas a las que nadie respondía, entradas visibles pero imposibles de atravesar.

Quizás la eternidad no tenga que ver con estatuas ni con nombres grabados en piedra. Quizás se parezca más a esa espera interminable frente a puertas que nadie abre, a ese aprender a caminar mirando espaldas, a ese quedar suspendido en un tiempo que no avanza porque nadie lo reconoce.

Tal vez la eternidad sea eso: no ser recordado, sino simplemente no ser visto.

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