Llegabas precedido por la noche
de aquel trabajo mal pagado y duro
como una condena de sol a sol
en el frío infierno de polvo gris
y suelos húmedos como fangales
de la oscura fábrica de terrazos.
El rumor de la llave te anunciaba
y en tu presencia no era necesario
prolongar el disimulo aplicado
en los libros que me liberarían
—eso daba fuerzas a tu esperanza—
de cumplir condena en tu mismo infierno.
—No te equivocabas, padre. Sabías
que la condena encadena a cada hombre,
sólo nos queda bregar por cumplirla
lejos de las calderas del infierno—.
Tu figura heroica nos observaba
haciendo el recuento de las sonrisas
y escrutando el indicio de las penas:
sólo entonces se abría tu mirada
de tierra y esmeraldas, y tu sosiego
satisfecho nos abarcaba, humilde
alegría en la tregua retomada.
Desde el quicio de la puerta del baño
yo te miraba mientras te aseabas
insistiendo en librarte de aquel polvo
incrustado en tus líneas de la vida;
con las palmas ya limpias te lavabas
el cansancio de la cara y en tu rostro
el agua descendía cual dos lágrimas
deshechas con la fuerza de tus manos.
Te quedabas un instante apoyado
en el mármol buscándote en el fondo
de los ojos del hombre del espejo
como si ya no te reconocieses
en los pliegues de su frente, extraño
a la experiencia escrita en su mirada.
Entonces sonreías, me mirabas,
—siempre supiste que yo comprendía—
y deslizando tu mano ahora limpia
por detrás de mi cabeza, me dabas
el cariño y la amistad de ese niño
que antes, en el espejo, no encontrabas.
Nos sentábamos en torno al aroma
humeante y cálido de la cena
que inauguraba la hora de palabras
redichas en los partes cotidianos.
No había lugar para la tristeza,
pero en aquella España gris monótono
cualquier brillo de ilusión insensata
daba con la dictadura del miedo
a un futuro insospechado, ahogado
en la ciénaga de un presente quieto.
—Si vivir es siempre la sospechosa
sensación de ser vivido, fue entonces
evidencia del ser amordazado—.
Se me hace ahora extraña y lejana
nuestra imagen reflejada en la luna
del buffet recuperado de alguna
casa de señores adinerados,
como actores en una foto ajada
en la enésima representación
de la escena de una obra de teatro
del absurdo de un tiempo en blanco y negro.
—No he olvidado tus advertencias sobre
los colores que tiñen los abusos:
el rojo sangre del proletariado,
el azul de camisas jactanciosas,
el amarillo de la mala suerte,
el negro enlutado de los fascismos,
el capote de verde benemérito,
el gris ceniza de los perros grises
y el púrpura del Dios representado.
Nos enseñaste a buscar entre todos
el blanco de los pueblos encalados
de tu Andalucía de luz y trinos,
el blanco en las miradas luminosas,
el de las camisas honestas de hombres
humildes, esforzados y orgullosos,
blanco en los corazones generosos,
blanco de las conciencias inocentes,
la blanca alborada en las almas puras—.
A la hora metódica del café
te erguías tensando la juventud
oculta en tu cuerpo de hombre curtido
para darle voz a la vieja radio
—fruto del progreso pagado a plazos—.
Encendías un cigarro y fumabas
con los ojos cerrados, ensoñando
aquel paisaje y los escenarios
de tu isla del tesoro abandonada
—por las punzadas del hambre y la ofensa
de la usura humana del señorito:
si por derechos él la saqueaba,
tú la amabas como hijo agradecido— .
Esa tierra guardaba la raíz
del vértice original de tu historia,
donde nacen la línea vertical
que une el Dios de tus miedos infantiles
con las tumbas de tus antepasados,
y la línea horizontal que trazó
el camino que recorriste en tu huida.
—Aunque nos alcemos o nos hundamos
en la vida, jamás olvidaremos
ese instinto ancestral de los salmones—.
De la radio llegaban las canciones
de un tiempo ya perdido que evocabas
en una plaza de paredes blancas
salpicadas de balcones pintados
de verde aceituna y puertas de olivo,
donde la música y las risas jóvenes
alejaban la penuria en las tardes
alegres del descanso, los domingos.
Madre amortiguaba el ruido de platos
y cubiertos crispados que escapaba
por la puerta abierta de la cocina.
En silencio se secaba las manos
en el delantal y tarareaba
las coplas, cantando amores y olvidos,
mientras movía sus piernas al ritmo
atenuado de un baile furtivo.
La atmósfera del comedor mudaba
mágicamente en tarde de domingo:
aromas de jazmines y azaleas,
claveles de corazón irisado,
perfumes de blanca dama de noche,
de rosas y lilas, de hierbabuena,
el delicado olor de los hinojos
traído por el aire que peinaba
los cabellos dorados de los trigos,
alientos de tomillo acariciando
las geométricas veredas de olivos,
y de un rincón de la noche fresca y húmeda
el arrullo del murmullo sonoro
desde la fuente de agua cristalina.
A veces, incluso, te levantabas
y cogiendo a madre por la cintura
juntos ensayabais tímidos pasos
de baile desgarrando en cada giro
una brizna de ayer al tiempo huido.
Evanescente e ingrávido el recuerdo
frente al pesado lastre del presente.
A las once en punto se hacía el silencio,
bajaban las persianas los balcones,
cerraba la taberna de la plaza
su negocio. Las guirnaldas cambiaban
por desnudos alambres que cedían
al peso muerto de la cruel evidencia;
los farolillos mudaban en los ojos
miopes de la lámpara de araña
que poco iluminaba el comedor
—en vuestras costumbres siempre hizo mella
la memoria de las penurias de una
España devastada de posguerra—.
Los perfumes de la noche andaluza
quedaban reducidos al aroma
del café suspendido en el ambiente
y el tenaz olor a humo de tabaco.
Como en las películas de misterio
la tenue neblina de la ilusión
se deshacía liviana elevándose
hacia los cuadros de escenas rurales
que vestían las paredes cual telas
célebres del museo de la añoranza.
Se hacía el silencio mudo en la casa
y siquiera nos quedaba el brillante
crepitar de las estrellas nocturnas
o la nana monótona del grillo
ni el sutil roce al girar del planeta
o el aullido del lobo solitario.
Nada del espacio abierto del campo.
Son recuerdos del tiempo de mi infancia
que esta tarde de plomo en Barcelona
escribo en este bar de obreros cuando
Paco Ibáñez canta a Miguel Hernández.
Juntos los tres, padre, acudís a mí
desde el dial de esta moderna radio
—fruto del progreso pagado a plazos—.
que me apunta certero al corazón.
…/…
*Andaluces de Jaén,*
*aceituneros altivos,*
*decidme en el alma: ¿quién*
*amamantó los olivos?*
*Vuestra sangre, vuestra vida,*
*no la del explotador*
*que se enriqueció en la herida*
*generosa del sudor.*
*No la del terrateniente*
*que os sepultó en la pobreza,*
*que os pisoteó la frente,*
*que os redujo la cabeza.*
…/…
Sintonía del corazón con el eco
de melodías lejanas que agitan
las aguas en la superficie lisa
del profundo lago de la memoria;
temblor de labios mudos que recuerdan
paisajes de una isla del tesoro
saqueada por los piratas del tiempo
y de la vida, los corsarios negros
de la lucidez y del desengaño.
Yo, pirata sin isla del tesoro
que enseña el muñón desnudo y se duele
de la ausencia de su pata de palo.
(c) Joan Kunz