Título completo: Nihil, la vida de un enfermo con enfermedades heredadas de la nada: “Síndrome de Estocolmo”
Vista empañada de pavor impide cerrar los ojos al folio;
tanto es el miedo al tenerlos abiertos,
que la maldición de la ceguera transmutó en su más ansiado deseo;
pero para su desgracia no está maldito
y no hay peor maldición para él que estar bendito,
pues el miedo a la muerte erige como pezuñas que arrancan la carne de sus párpados y dejan su vista al desnudo.
Cerrar los ojos sería ceder, y su instinto de supervivencia le recuerda que la muerte está a un solo parpadeo de distancia de suceder.
Soy el perpetrador que le inyectó el veneno del miedo a la muerte al papel,
el verdugo que cultiva ese pavor con líneas que traspasan al portafolio cual hoz,
el titiritero que silencia al papel para impostar su voz sobre él;
así como también, la semilla de la obsesión de un rehén hacia su ejecutor.
Resulta que todos esos años que el papel absorbió por mí todo el daño
de una vida llena de fracasos, rechazo y una muerte a un solo paso en falso,
desfiguraron en un odio hipónimo de la impotencia
de un folio que no dispuso de una daga para hacer justicia por su cuenta.
Y conforme la rabia inundaba sus entrañas,
proporcionalmente las cicatrices perpetuaban.
Su nostálgica piel blanquecina terminó siendo solo llaga,
un manto ulcerado que ya no sangraba: supuraba.
Pero con la muerte en los talones se corre más rápido,
y en un intento satánico de acabar con el escritor que adormecía su palpito,
las cicatrices, en un acto grotesco, se amasaron unas a otras hasta ser embrión de otra.
En la deformación se alzó una crisálida que aglomeraba sus ansias de venganza
en un engendro que cargaba con la esperanza de la desesperanza fermentada.
Sin embargo, el engendro al despertar del letargo
no empuñó la espada póstuma al deseo del mártir ensangrentado.
Refulge como cielo despejado
el recuerdo de cuando el hijo del folio y odio me hubo mirado:
consumamos perversión no corrompida por el odio sino por amor,
en una mirada encadenada por el Estocolmo.
Desde entonces, en la podredumbre de una mente inquieta
yace un síndrome de Estocolmo entre un poetastro maldito y sus letras.