A ciegas busco refugio
en la última herida del destino,
desayuno un par de acordes,
me fumo otro par
de minutos insípidos,
rasgo la costra
y dejo que el coágulo
trabaje de nuevo.
Se me acabó la morfina
pero aún queda vino y mezcal…
Sé que mi filosofía de vida
está en fase terminal
que mi cuerpo es un castillo en ruinas,
que la factura por andar desnudo
sobre las cornisas del ‘vive cómo quieras’
deja perpetuas deudas
de placer y dolor…
La cuenta esta a tope
intento negociar alivio
a precio devaluado, de lágrimas tardías.
Hago trueque con la zozobra:
Una docena de maldiciones surtidas
por grapas finas de fe
pa’ sellar esta miserable grieta del pecho,
[y que no se esfume el aire,
ni los escasos latidos].
Jabones de auxilio aguardan,
espejos reconstruidos minuciosamente
por los pequeños huecos de tranquilidad transitada
ya esperan la primera visita de mi sombra
tras salir del taller de cirugía,
con la ilusión de que la nitidez
vuelva a ser un apellido
con el que pelear en el siguiente nivel.
Ajusto una a una las plegarias que me visten,
ofrendo melodías,
arpegios que remiendan las oquedades
que deja ese ‘no saber’ de mis pasos sin rumbo.
Empuño un trozo de esperanza
que he pulido y llevo a modo de bastón.
Camino despacio no por miedo,
sino por la necesidad de bajar el ritmo
y que el dolor no me mate a la vuelta de la esquina.
El mundo es una gran cantina
donde se pueden consumir
distintas escalas de sombras oxigenadas
y menús de luces bien cargados de asfixias,
a veces por apetencia del individuo,
otras por el rugido mortal
de la flama colectiva.
Tomo una mesa y ordeno dos copas:
Una de vino, por las almas
que buscan el sosiego…
Una de mezcal por las almas
que lo son.
Sin Morfina
Mesa Compartida
Hotel_K© &
Transmisor d Sinestesias©
2022

Imagen tomada de la web.