Mi abuelo decía que hay dos tipos de hombres: los que temen a la muerte y los que no. Los primeros nacen muertos y su vida es una huida hacia delante por el laberinto de la negación; los segundos son eternos y pasean calmosos por la senda infinita. Un Domingo de Ramos murió la abuela. Ese día el abuelo decidió que era el momento de prepararse para tomar la siguiente bifurcación del sendero de su vida. Lo quiso sin ruido y sin sangre. Después del sepelio se encerró en el dormitorio y se negó a comer y a beber (al menos agua, porque todos sabíamos de la garrafa de jerez en el armario).
El Domingo de Resurrección me mandó llamar. Yo no quise ir antes, por que él era un hombre que se dejaba vivir, capaz de pasarse toda una tarde pintando de azul el cielo. Si no había querido ver a nadie, era porque a nadie necesitaba.
Cuando llegué la tía Luisa me estaba esperando en el portal. Se vino hacia mí recomponiendo su típica máscara de mártir insatisfecha.
—Juan, Juanito, háblale. Quesequieremorir —elevó el llanto al grado adecuado y moqueando buscó en el escote y sacó una bola de lágrimas— A tí te respeta, Juan. Habla con él y dile que es una locura, que el dolor pasará, poco a poco, que entre todos… ¡Ay! Diosmisericodioso Virgendelamacarena —su nariz chata tronó arrojando al pañuelo un coágulo de pena, lo miró y le repugnó que la pena fuese densa y viscosa, suspiró, de repente tensó el cuerpo con el gesto de un podenco— ¡Los papeles! Dile que no ha hecho los papeles. Bueno, no se lo digas así. Tú tienes palabras. Ya sabes. Que si ha pensado o algo así. ¡Ay! Quedesgraciamasgrande … —me empujó hacia la puerta.
Entré en la casa. Allí estaba la familia al completo llorando al ralentí, alargando el duelo de la abuela y esperando embragar otra vez. Saludé y sólo la prima Inés supo devolverme una sonrisa. Mi padre y el tío Miguel (con tía Luisa, los tres hijos del abuelo) charlaban al pie de la escalera. El tío Miguel agarrado al móvil con el que seguramente me había telefoneado.
Me detuve frente a ellos y les saludé. El tío Miguel me devolvió el saludó con un baile de cejas, un tic de impaciencia que le sale cuando un cliente le remolonea una venta. Mi padre me dirigió su mirada de tierra verde, paciente y serena. Puso su mano sobre mi hombro y me dio un suave apretón, y con él su fuerza.
—Vamos, sube. Quiere verte. No demores más. A ver si quiere escucharte. Lo hará si tú sabes hablarle. Anda, sube ya.
Bajo mis pies los escalones crujían mientras subía pensando en el modo de no quedar como un imbécil ante el abuelo. Ni por un momento se me pasó por la cabeza hacerle el juego a la familia. Llegué a la puerta y la llave giró en la cerradura sin darme tiempo a llamar. «Pasa» susurró el abuelo amagado tras la puerta. Pese a la penumbra, protegida por el velo sedoso de la cortina y la persiana bajada. La habitación estaba ordenada y limpia; la cama desemparejada; la garrafa había usurpado el espacio de la lamparilla sobre la mesita.
—¿Teme usted un ataque, abuelo? —bromeé, buscando con la vista su corpachón desmerecido dentro del pijama.
—Los demás no son peligrosos. Pero, a tu tía, miedo le tengo —confesó medio bromeando, acercándose a mí y acogiéndome entre sus brazos.
Por un instante rocé la esperanza abrazado a la solidez de su cuerpo, juntas nuestras mejillas (el abuelo odiaba el besuqueo), sintiendo la cálida caricia de su mano en mi nuca. Me separó de su cuerpo agarrándome por los hombros y con una sonrisa paciente en los labios estuvo unos segundos examinándome con su verde mirada serena y clara, como si necesitase convencerse de que yo estaba preparado para servir al objeto de su llamada. Cuando vió lo que tenía que ver, se retiró lentamente y se sentó en una esquina de la cama.
—¿Habrás traído tabaco? —dijo, forzando el sí como respuesta.
Asentí tensando una sonrisa irónica. Puse un cigarrillo en sus labios y le di lumbre.
—¿Para eso quería, usted, verme? Un suicida sucumbiendo a los placeres de la vida —dije, seguro de que no era ese el motivo.
—La última voluntad del reo —se justificó, y dio una larga calada, dejando escapar el humo poco a poco, que ascendió envolviéndolo como a un hereje en pleno acto de purificación.
Quise decirle que no hay reos por propia voluntad. Que el reo no se da a si mismo tal condición. Pero se me adelantó.
—Soy reo de la vida. Tal es la condena de todos los hombres. Algunos ven el engaño y se resignan a fingir el juego, un juego obligado: esos sienten en sus entrañas el sufrimiento, el fuego que consume la esperanza de una salvación imposible, inviable, siempre para mañana. Otros, imbéciles, son ciegos que tocan la vida con la punta del bastón y siguen sorteando los obstáculos, creyéndose libres cuando sólo son sabuesos olfateando caminos inmemoriales que han sido pisados por los mismos hombres desde hace miles de años. Suicidio dices, no. Quien no tiene razones para vivir tampoco las tiene para morir. No, no es suicidio, sino dejar que la vida me consuma sin más esperas, forzar el destino cierto—dio la última calada al cigarrillo, casi quemándose los labios, y lo dejó caer sobre la alfombra para pisarlo— Mira, una razón para que tu tia sienta menos mi ausencia.
Evité seguirle la ironía y dejar que me llevase por el camino que él había elegido para mi encerrona, que con toda seguridad habría recorrido innumerables veces durante aquella semana. Yo necesitaba ganar tiempo, dejarle hablar e intentar alcanzar algún cabo desde donde pudiese tirar de la trama; el argumento me parecía evidente. Tenía que clavarle la duda entre las cejas, hacer añicos su confianza en mí, el confesor que había elegido para dar fe de su impostura.
Con el abuelo habíamos leído mucho en la trastienda de la librería. En ella pasó cincuenta años de su vida. Allí me enseño a leer, a cosechar las palabras y tamizar las ideas, a desmontar el armazón de la mentira. Y porque habíamos leido juntos, yo sabía que si hacía la pregunta que abre el abismo del infinito lograría desconcertarlo, incluso enfurecerlo.
—¿Por qué? —exclame, guardándome en la manga el as de la alternativa.
El abuelo siguió sentado en la cama, con los codos apoyados en las rodillas, las manos entrelazadas y la mirada fija en el suelo. Y no se movió. Lo que me hizo ver con claridad y desasosiego que iba en serio, que en su actitud había determinación.
—Tú sabes bien que no es esa la pregunta, Juan. Si hay alguna pregunta ilícita, irreverente, liberadora, esta es «¿Por qué no?» —se levantó y vino hacia mí lentamente, marcando el ritmo de sus palabras— ¿Qué o quién nos trajo aquí? ¿Por qué aceptamos un contrato donde no aparece la otra parte? ¿Por qué nos aborregamos a los arrebatos de los tarados que nos gobiernan? ¿Por qué un hombre se sacrifica ocho, diez, doce horas al día para conseguir lo que por naturaleza le debería ser dado? ¿Por qué cuando no decimos sí, se entiende que tampoco decimos no? ¿Por qué ese apego al abandono, al sufrimiento, al desasosiego, a la desgracia, a la esclavitud de las ilusiones? ¿Por qué pensamos del suicida que es un inadaptado para la vida, que la vida le ha defraudado? Dime, Juan, ¿por qué la vida siempre gana?
Nuestros ojos se encontraron y nos quedamos mirándonos en silencio. Ambos sabíamos que la respuesta no estaba, no estaría nunca, del lado de la razón. La respuesta no se puede formar con el molde de las palabras.
Los ojos del abuelo derramaron dos lágrimas translúcidas que condensaron la poca luz de la estancia. Bajaron por la tristeza rugosa de su cara hasta perderse en las comisuras de la boca callada. Entonces sentí el frio intenso de la pérdida, la desolación desgarradora del viaje sin retorno. Acerqué las manos a su cara y le sequé las mejillas.
—Lo siento, no quise hurgar en la herida, abuelo. Lo que quería saber es por qué me mandó, usted, llamar—intenté corregir la situación con el as que había reservado. Nos separamos. Él se acercó a la ventana y miró por entre las rendijas de la persiana.
—Se trata de un asunto delicado. Algo que no se le puede decir a cualquiera, y menos a tu padre o a tus tíos. Tú y yo somos como amigos: hemos razonado juntos y eso ya es mucho. Te conozco y sé que tú entenderás.
Volvió a sentarse en la cama y dio un largo trago de la garrafa. Me la ofreció y rehusé anestesiarme. Mi cuerpo exhalaba sudor frío por todos sus poros; sentía el corazón golpeando en mi pecho. El abuelo continuó.
—Si hay alguna verdad, es la que guarda el corazón de cada hombre. Lo que te tengo que decir destruiría a esta familia. Y ya es todo bastante jodido como para que venga yo a echar leña al fuego. Por ello te exijo silencio sobre lo que tengo que decirte. Si no puedes o no quieres asumir esa responsabilidad, será mejor que te vayas ahora.
El abuelo se acercó cabizbajo hasta donde yo había dejado el tabaco. Tomó un cigarrillo y fue a encenderlo junto a la ventana. Volvió a mirar a través de la persiana, como si esperase algo o a alguien que venía de muy lejos. Acepté la responsabilidad y ahora fui yo quien se sentó en la cama. Mis piernas empezaban a temblar y temí que no me aguantasen. El abuelo se dio media vuelta y sonrió malicioso a la puerta. Con una agilidad insospechada, se agachó, se quitó una zapatilla y la tiró con fuerza contra ella. Fuera se oyó un grito seco, seguido de un “Virgendelamacarena” atropellado y ruido de tacones golpeando la escalera. Por segunda vez, el abuelo tiró el cigarrillo apenas consumido sobre la alfombra, pero ahora no se preocupó por apagarlo. Levantó la mirada y clavó sus ojos en mí.
—Mi verdad es que yo no soy tu abuelo. Para ser más exactos: yo no soy abuelo de nadie, ni en esta familia ni en ninguna. Ni abuelo, ni padre… nada, tan solo un muerto, un muerto cobarde.
El fuego de la perplejidad sustituyó al frío de la pérdida. El sofoco incendió mi cara. Apenas pude balbucear un “cómo” mientras trabajosamente intentaba recordar una paradoja, articular una lógica para desvelar el misterio del juego, o de lo que supuse una broma de mal gusto de quien ya no estaba sujeto a ninguna ley ni moral. Se sentó a mi lado y atrapó con firmeza mi mano, que dibujaba en el aire gestos de incredulidad. Entonces me habló sin apasionamiento:
«Yo podría callar, ahogar la verdad en las lagunas de mi memoria y nada de esto ocurriría. Pero ya estoy muerto. Desde aquél día nefasto en que un hombre valiente y mi miedo me vencieron. Supe, entonces, que ya estaba muerto, que pese a la luz y la risa que me quedase por vivir, yo sería un muerto entre los vivos. Ahora sólo pretendo realizar mi condición. Fue un siete de septiembre de 1938, otro día de guerra, de entrañas y carne sufriendo y muriendo. Sólo matar o morir, avanzar hacia la victoria o la derrota.
»Hacía tres días que habíamos sido hechos prisioneros: diez soldados, el cabo Tudela y el teniente Barceló. Nos llevaron a un campo donde se hacinaban más de quinientas personas entre militares y civiles. Pasamos penurias y nos dieron tormento. El cabo Tudela ya venía herido del frente y no lo soportó. Cuando lo trajeron al caer la noche del primer día ya era una carnicería sangrante. Un hombre de veinticinco años que se rompe con la facilidad con que se corta el pan.
»Al alba del tercer día pasaron la lista. En ella, diez nombres que habían terminado sus días por capricho de no se sabe quién: quizá el destino, quizá el azar, tal vez Dios. Mi nombre aparecía en séptimo lugar. Recuerdo que lloré como un chiquillo. Desesperado, invoqué a Dios, al Dios que nos trajo aquella guerra y tanto sufrimiento. El dolor que me produjo la suposición del silencio absoluto, de las ciegas tinieblas, del desgarro de la cesación, me hizo olvidar los quejidos de mi cuerpo dolorido. Me acurruqué en un rincón y dejé que las lágrimas gritasen mi condición de hombre.
»El cabo Tudela, Dionisio, el único amigo que me dieron aquellos años de barbarie, yacía malherido a mi lado. Desde el amanecer había permanecido en silencio, con la mirada fija en un punto que parecía estar fuera del espacio y del tiempo. De repente, noté que su mano tiraba con fuerza de mi camisa. Le miré y vi sus labios moverse sin articular palabra. Volvió a tirar de mí con fuerza y me acerqué a él. «Puedes vivir» susurró. No quise entender sus palabras, atribuyéndolas al delirio. Pero él volvió a tirar de mí y repitió: «Puedes vivir». Incorporé su cuerpo tullido y lo recosté contra la pared. «Yo moriré por tí» dijo. Le tapé la boca y respiré profundamente. «¿Que locura es esa, Dionisio? Cada cual tiene su hora y a mi me ha llegado. Es así. No hay que darle más vueltas.» dije, imponiendo un tono severo. El insistió: «Tengo mujer y dos hijos. Tres bocas que alimentar, tres vidas que defender. Después de la guerra, las cosas van a ser difíciles, y más para los vencidos. Estoy roto, compañero. Ni siquiera puedo luchar por mí. No quiero que ellos me vean así, ni llenar de luto sus vidas.» Yo no pude contener el vómito. Aquel desgraciado me estaba proponiendo asumir mi muerte a cambio de que yo me hiciese cargo de su familia.
»Yo estaba como loco. Vagué por el campo durante horas pensando en el vacío de la muerte, en el vértigo de un nacimiento consciente. Por fin, con total convicción empecé a justificar la mentira, a comprender a Dionisio Tudela, a compadecer a la familia de Dionisio Tudela, a querer ser Dionisio Tudela. Sentía cercana la asfixia de la ciénaga, la irremediable parada del tiempo, la sangre abandonando mi cuerpo, deshacerme en polvo arrastrado por el viento hacia el mudo silencio de la nada. En la antesala de la muerte, las razones de la vida y de la muerte se confunden, se hermanan, primero se deshace el tiempo y luego sólo queda dejarse caer en la eternidad de la nada. De pronto tomé conciencia del mundo, mi corazón latía de nuevo, mis pulmones se llenaban de aire, podía oir mi voz y sentir el calor del sol en mi cuerpo, veía la luz dibujando las formas y percibía el paso del tiempo segundo a segundo. ¿Por qué la vida siempre gana? Me he hecho esa pregunta cada día de mi existencia.
»Regresé junto a él. Me miró fijamente y supo que la respuesta era sí. Una leve sonrisa rubricó su sosiego. Alargó la mano y me dio un pequeño paquete. En el había una carta y un reloj de bolsillo.
»Cuando informamos al teniente, este se negó en redondo. En su cerebro caqui era imposible meter cualquier idea que no estuviese fijada en las ordenanzas. Adujo la vergüenza, el deshonor, la burla a la Patria que suponía tan macabra renuncia. Entonces, Dionisio lo agarró por las solapas y algo le dijo entre dientes que lo dejó pálido y lo alejó de nosotros. «Andaré. Iré a esperar a esa Puta de pie.» le gritó Tudela.
»Aquella noche todos cedimos parte de nuestro rancho para Dionisio e hicimos vendas con jirones de tela con las que enfajamos su maltrecho cuerpo. Lavamos sus heridas y las vendamos fuertemente. Recuerdo que yo le lavé los pies. Se los estaba secando cuando alcé la mirada y vi sus ojos negros fijos en mí. Me habló: «La mujer es muy sufrida y trabajadora. Algo huraña a veces, pero se hace querer sin esfuerzo. Es bonita y sus ojos brillan desafiantes cuando me busca. Respétala, compañero, hasta que ella lo quiera, respétala. Sin darte cuenta la vas a querer. Los chicos son muy pequeños aún, olvidarán. Tal vez ya hayan olvidado. Luisa se dormía agarrándome un dedo con su manita de nácar; Miguel busca el pecho de la madre. Ahora, no sé… tal vez ya hayan olvidado.» No pude sostener la mirada. La pena amenazaba de sal y lluvia mis ojos. «No los traiciones, compañero. No quiero volver del infierno para tirarte de los pies.» dijo, con la angustia en los ojos. Me tragué la pena y recompuse la mirada tranquila y una sonrisa sincera. «Descuida, Dionisio, palabra de amigo.» respondí.
»Cerró los ojos y así permaneció hasta el amanecer. Estuve toda la noche a su lado, sin pegar ojo, mirándolo, queriendo entrar en su cuerpo, meter mi yo en él, pensando en el momento trágico en que tuviese que enfrentarme a mi familia. En la quietud del alba nos sobresaltó el megáfono que voceaba los nombres. Emocionados, los compañeros se fueron despidiendo de él. Cuando fue mi turno lo abracé y no supe hablarle. El mascó débilmente una palabra: «Gracias» y en la tensión de su cara podía verse el doloroso esfuerzo por no derrumbarse, por llegar a los brazos de la Puta y poder deshacerse entre sus negras sedas. Caí al suelo llorando. Así me quedé hasta que el trueno dio paso al vacío, un vacío espeso, sólo roto por el rugido del camión que se llevó los cuerpos.
»Seis meses después, la noche borraba el perfil de la tierra cuando el tren se detuvo. La mujer de ojos azabache interrogaba con la mirada los rostros vencidos de los hombres que pasaban a su lado. Los hijos, sucios y famélicos, la cogían de las manos. Caminé hacia ellos imitando la entereza de Dionisio. Paré frente a ella y le alcancé la carta y el reloj. Una sola lágrima trazó un río de luto en su pálida cara. Guardó la carta cerca del corazón y me devolvió el reloj. Ahora, sus ojos, luceros de luz negra, buscaron a Dionisio en mi cuerpo y mi cara. «¿No vais a besar a vuestro padre?» ordenó, venciendo la tenaza del ahogo. En la casa, una hogaza de paz y un trozo de queso fue nuestra primera cena. Al acostarse, comprendí que los niños habían olvidado. Ella se sentó cerca del fuego con las piernas recogidas entre sus brazos. Permanecimos inmóviles y callados largo rato, sin mirarnos, escuchando el crepitar del fuego en silencio. Finalmente, ella preguntó: «¿Sufrió?». «Fue todo muy rápido.» respondí, dilatando más la mentira que tendría que estirar hasta el día de mi muerte. Volvió a hablar para preguntarme por qué había aceptado. «Me salvó la vida.» dije con seguridad. El brillo de su negra mirada volvió a posarse en mí y un atisbo de orgullo trazó una sonrisa en sus finos labios. La noche se hizo larga como un velatorio. La pasamos hablando de él, dejando que las lenguas de fuego lamiesen los restos de Dionisio de nuestras memorias; despojándonos de su recuerdo y viendo cómo se hacían las cenizas de nuestros pasados.
»A la mañana tomamos el primer tren a la capital, porque la representación de la farsa imponía otro escenario. Durante unos meses anduvimos de pensión en pensión, de cuarto en cuarto, hasta que el azar nos descubrió a Bibiano. La librería nació entonces, apoyada por el partido en la clandestinidad y el optimismo de Bibiano. Pasaron más de dos años antes de que ella me enseñase los dientes en una carcajada alegre y dejase su boca entreabierta, llamándome con la mirada encendida de sus ojos brillantes. Por primera vez busqué su cuerpo desnudo en la noche. Pero la imagen del cabo Tudela hacía amargo el encuentro de nuestros labios, una y otra vez, hasta lograr que esa posibilidad de la felicidad acabase siendo un aspecto más del fracaso.
»Cierta noche regresé a la casa borracho tras una asamblea en la trastienda. Me ponía muy nervioso y le daba demasiado a la garrafa. Pero les debía mucho para andarme con remilgos. Entré a tientas en el dormitorio. Hacía calor y las cortinas se movían suavemente acariciadas por la brisa. Ella dormía y tuve el tiempo y la calma para mirar sin vergüenza la plenitud de su cuerpo. El camisón apenas me impedía adivinar su perfil sinuoso e insinuante; la blanca piel reflejando la belleza serena del tímido resplandor de la luna; sus piernas desnudas sobre la sábana; el calor de su sexo y de su vientre; la voluptuosa forma de su pecho mecido por el aliento de la vida; los brazos extendidos en cruz, confiada. No lo pensé, ¿quién podría pensar?, y arrojé toda mi ansia sobre ella. La desnudé de un tirón y froté mi cuerpo con rabia contra su miedo. Como un perro baboso, manché el brillo de su piel. Odiaba su silencio, su resignación, su humillación consentida: nuestra condena. Entré en ella con violencia. Sólo entonces gritó: «Así no». En aquel doloroso instante me di cuenta de que ella también me quería y la había perdido para siempre. No había sabido leer con respeto el brillo de sus ojos. La única posibilidad de redimir nuestra farsa, de ganar la batalla a la vida, se vaciaba en el arrollo del dolor y de la soledad secando nuestros corazones.
»Quizá yo me engaño y fue otro el motivo… Tal vez. En esas fechas Bibiano frecuentaba nuestra casa y ella le hacía demasiado caso. Había vuelto a reir, dejando que la casa se llenase de música y la luz buscase de un modo especial el refugio de sus ojos. Quizá fueron los celos, o la desesperación, o la mala conciencia… El caso es que nueve meses después nació tu padre. Y siempre he tenido la convicción de que si la farsa sirvió para dos, podía estirarse un poco más. Nunca pregunté… No tenía derecho y ya no había motivo para hacerlo.
»Nuestras vidas siguieron, tristes, grises, mudas, pero continuaron alimentándose de la Vida. Ella es generosa, obliga, empuja, no le importa tu dolor ni tus lágrimas, es un regalo inopinado. Es fácil vivir. Lo difícil es pensar el vivir, tener que entornar los ojos para que no te ciegue la luz del arrebato, volver a ver cuando ha cesado el instante de lucidez, doblegarte y seguir haciendo camino. Un camino que no nos lleva a ninguna parte.
»Tuve que esperar cuarenta y cinco años para besar sus labios muertos en un cuerpo marchito dentro de una caja. Hasta eso me ha regalado la Vida. Pero también me ha hecho libre y, ahora, puedo despreciarla.»
Tres golpes sacudieron la puerta y ambos supimos que era Bibiano. Abrí y entró cabizbajo, con la boina raída entre las manos. El abuelo fue a su encuentro y se unieron en un largo abrazo.
—Dicen que te mueres —dijo Bibiano, con las manos en los bolsillos.
—Todos nos estamos muriendo—respondió el abuelo quitándole importancia.
—Ya, pero tú tienes prisa, parece —atacó Bibiano, buscando una respuesta en los ojos del abuelo.
—¡Bibiano, no me jodas! —gritó el abuelo, y se dio media vuelta, refugiándose de nuevo en la penumbra rallada detrás de la ventana.
Los tres estuvimos callados un rato. Se oyeron las campanadas de una hora incierta en el carillón del rellano. Después de eso, el silencio se hizo más espeso.
—En el Hogar todos hablan de ti… y de mí—dijo Bibiano con un hilo de voz. Luego recogió las colillas de la alfombra y se las metió en el bolsillo.
—¿Bien o mal? —se interesó el abuelo.
—Paco se llena la boca… Se lo has puesto en bandeja… Y es hoy—quiso aclarar Bibiano.
El abuelo se volvió con cara de extrañeza y se quedó mirándolo.
—El trofeo, ¿recuerdas? Era nuestro. En veinte años nadie nos pudo. Tú y yo. Dionisio y Bibiano, como un solo hombre. Pero ahora…
Bibiano saco las manos de los bolsillos y se entretuvo examinando la boina como si la hubiera visto por primera vez. El abuelo entendió por fin, se acercó a él y le puso la mano en el hombro.
—Lo siento en el alma, compañero. Pero desde lo de la mujer he tenido otras cosas en que pensar —dijo, con una sinceridad inefable.
—Me hago cargo, Dionisio. No te lo echo en cara.—se justificó Bibiano— Es sólo ese cabrón de Paco. Me hace hervir la sangre…
—Ese Paco, ¿no será el de Bermúdez?, el que era guardia civil y luego se salió para meterse en Correos —preguntó el abuelo con evidente excitación.
—El mismo —confirmó Bibiano.
El abuelo echó mano al paquete de tabaco. Le ofreció un cigarrillo a Bibiano y él tomó otro. Me hizo una seña para que les diese fuego. Les di y me quedé mirándolos satisfecho. Era una escena feliz y entrañable. Los dos se miraban con la complicidad de los colegas, frente a frente, los ojos acuosos entrecerrados para evitar el humo de los cigarrillos ladeados que sostenían sus labios tensos por una sonrisa traviesa. Fumaron con calma y en silencio. Al fin, el abuelo tiró su colilla sobre la alfombra y Bibiano apagó la suya contra la suela del zapato y se la guardó en el bolsillo.
—¡Saca el traje negro! —me ordenó el abuelo.
Yo podría haberme negado, podría haber aducido algunas razones para intentar evitar lo inevitable. Pero habría sido en balde. Así que me puse de parte del destino y ayude a vestirse al abuelo. Lo afeité y lustré sus zapatos. Cuando todo estuvo en orden, Bibiano se encajó la boina. Se dirigieron a la puerta y, antes de salir, el abuelo se volvió hacia mí y me sonrió. Luego puso el dedo índice sobre sus labios y me guiñó un ojo.
Yo me quedé en la habitación. Quería dilatar la intensidad del momento vivido sin contaminarlo. Desde allí escuché los aplausos que estallaron cuando los vieron aparecer en el piso de abajo. También los gritos histéricos de la tía Luisa sancionando la locura del abuelo. En fin.
Dijo Bibiano que en la última partida el abuelo cerró a blancas; que, satisfecho, le palmeó la espalda y se dieron la mano; que gritó al camarero que trajese otra ronda a su salud, y entonces miró el reloj y soltó una sonora carcajada. Luego cerró los ojos y vino la Puta a posarlo lentamente sobre el mármol.
Salíamos del cementerio después del entierro cuando Bibiano se me acercó moviendo algo entre sus manos. «Tu abuelo sabía honrar a la amistad. Aunque en algunas cosas andaba equivocado.» me dijo, enfatizando el peso de las palabras. En sus manos llevaba el reloj de bolsillo del abuelo. Me lo acercó y cuando lo cogí estrechó suavemente mi mano. Me miró con sus breves ojos azules humedecidos de tristeza. «Era un valiente, hijo, un valiente. Tu abuela me lo contó todo hace mucho, tras una noche de borrachera en la que él tal vez cometió la mayor equivocación de su vida. Pese a todo, me consta que ella le quería. No me cabe la menor duda» Las lágrimas terminaron por desbordar sus ojos. Continuó: «Él acabó confesándomelo en el velatorio de tu abuela. Es difícil imaginar cómo habrán sufrido los dos todos estos años; estremecedor pensar cómo les habrá torturado el silencio durante tanto tiempo», Bibiano soltó mi mano y me abrazó sin poder ya contener el llanto. «El otro día me dijo que te lo contó… Juan, no cometas el error de juzgarlo» me dijo, y se fue alejando con el paso titubeante de un viejo combatiente que se ha quedado solo, cansado y solo, en el campo de batalla.
Abrí el reloj. En el reverso de la tapa vi una foto de la abuela fechada el 10 de octubre de 1936 y en la cara posterior del reloj, la leyenda: “Amor sin tiempo: la soledad no durará siempre”.
Me emocioné. Llevaba días perdido, debatiéndome entre la incredulidad y el odio, la duda corroía la solidez de mi identidad, los cimientos de mi vida. Pero también sentía admiración por aquél extraño farsante a quien quise con una entrega absoluta. En mi cabeza resonaban preguntas sin respuesta. No pude evitar gritarle a Bibiano: «¿Quién era?».
Bibiano se volvió lentamente y dudó un instante, se quitó la boina y la agarró contra su pecho. Entonces respondió: «Dionisio, Juan, su nombre era Dionisio Tudela».
(c) Joan Kunz