Todo el dolor
ya no es mío.
Devuelvo
a las ruinas del olvido
lo que tortura
y desangra
inútilmente.
Descifro el cuerpo
decidido:
ojos,
boca,
oídos,
la valerosa espalda
incólume,
y las manos
—tercas de abandono—
encuentran por fin
en mi pecho
un nido.
Con la claridad
que muerde este retorno
estalla
un cálido alarido.
¡Ya no soy
mendiga de ternura!
Atronador,
auspicioso
es mi grito.
Poderoso
su sonido.
No es sueño.
Ni ilusión.
Ni desvarío.
Pronuncio la sentencia:
Mi sangre
es soberana.
El dolor
ya no es mío.

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