A los dos años de estar en San Rafael Pie de la Cuesta, trabajando siempre con la ayuda de un Vademecum, vino una joven, a la que ya conocía y que venía dos veces al mes a buscar medicinas. En esta ocasión vino con su hermano herido. Tenía una herida sangrante de un balazo en un muslo y la bala estaba dentro. Creo que me asusté más que el herido. Una vez más tuve que improvisar. Lo primero fue hacerle un torniquete y con un bisturí remover en su herida hasta extraer la bala con los dedos. No sé el rato que pasé. En mi pensamiento sólo había dos palabras, Señor ayúdame. Todo se hizo sin anestesia ya que no había, como tampoco otras muchas cosas. Le tuve escondido cuatro días cambiándole el vendaje y dándole antibióticos ( tetraciclina y cloranfenicol ) y también multivitaminas. Carmi, que así se llamaba ella, me dijo que lejos, dónde ellos vivían escondidos había enfermos muy graves. Me contó muy por encima la historia y era para llorar. Hablé de ello con el padre Jaime y me dijo que hiciera lo que quisiera pero que volviera lo más pronto posible. Unos conocidos de Carmi le prestaron dos caballos y al anochecer partimos. Carmi iba delante con su hermano y yo detrás con varias bolsas de medicinas. A los dos días llegamos y lo que ví fue desolador. Había fallecido una niña y el desconsuelo de la madre me caló en lo más hondo. Habían varias cabañas y en todas predominaba la suciedad. Las personas ya se habían abandonado así mismas y la limpieza ya no existía para ellas. Hablé de ello con Carmi y esta las convenció. Todos ayudamos y se limpio todo el pequeño poblado y a continuación hicieron lo propio las personas en un manantial cercano. Estuve varios días limpiando llagas y erupciones en la piel que casi se curaban solas sólo con la limpieza. Todos los días al atardecer salía a caminar por los alrededores del poblado y Carmi me acompañaba. Había algo especial entre los dos que nos unía. Un día el hermano de Carrmi y tres mujeres más me invitaron a ir a buscar unas raíces que muy hervidas eran comestibles. Ya de regreso oímos ruido de motores y muchos disparos. Nos escondimos y cuando ya no se oía ruido alguno nos fuimos acercando al poblado. No podíamos creer lo que había pasado. Fuerzas del gobierno con sus helicópteros habían descubierto el poblado y mataron a cuantos no tuvieron tiempo de huir. En cuanto a mí, un nudo en la garganta me impedía hablar y un odio feroz me envolvió. Entre los fallecidos estaba mi querida Carmi. A la mañana siguiente en dos grandes fosas les enterramos a todos. Aquel lugar ya no era seguro para nosotros. Los militares tenían orden de disparar a cuantos encontraban si sospechaban que podían ser guerrilleros o personas con ideas distintas a las del régimen guatemalteco. Nos reunimos todo el grupo y decidimos bajar de las montañas y adentrarnos en la espesura de la selva que estaba muy alejada, pero nos daría más protección. Sabíamos que tardaríamos varios días en llegar a ella , ya que a pie con niños y ancianos caminaríamos con cierta lentitud. A los pocos días de emprender el viaje vimos a lo lejos un numeroso grupo de hombres y algunas mujeres que iban armados. Nos pareció que eran guerrilleros y cuando nos vieron se acercaron Nos dieron comida y nos alentaron para que nos uniéramos a ellos. Nos aseguraban protección. Aconsejé a mi grupo que se unieran a pesar del peligro que existía. Había más probabilidades de vivir estando con ellos que no solos y desarmados. Sin embargo, también les dije que yo deseaba regresar al poblado de San Rafael. Me sentía agotado y con muy pocas fuerzas. Entendieron mi posición y Neto , el hermano Carmi, se comprometió en ayudar para que regresara. A los pocos días me dejó cerca de San Rafael. Nos despedimos con un fuerte abrazo y llorando. Cuando llamé a la puerta y el P. Jaime me vio le costó reconocerme. Dos días después estaba en Puerto Barrios y un barco de la Cía, Trasatlántica que me dejó en el puerto de Barcelona.
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Testimonio crudo del conflicto armado guatemalteco contado desde la mirada de un sanitario improvisado. Entre balas, infecciones y selva, surge un vínculo humano con Carmi que la violencia militar destroza. La masacre del poblado y la huida final exponen el desamparo de las comunidades indígenas. Doloroso, directo y necesario: retrata cómo la guerra arrasa cuerpos, afectos y dignidad.
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Muchas gracias Edgart por leerme. Lamentablemente otros países sudamericanos también han sufrido situaciones parecidas. Hay mucha crueldad repartida en todo el mundo. Un fuerte abrazo.
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