Quizás sea a la vez tan inocente,
como también el único culpable
de lo que en esta vida confesable,
yo pudiera mostrarme de imprudente.
Y es que tanto me pasa por la mente,
que el disloque parezca tan palpable
a la luz de la gente razonable,
que nada me resulta trascendente.
Porque mostrar la cara a nadie gusta
en época de grandes presupuestos
que siendo dura el hambre y la hipoteca,
si de repente el banco va y me asusta
mostrando sus sangrantes manifiestos,
mejor salga corriendo hacia la Meca.