Queso

No olvido a Queso, extraño nombre que mi pequeña nieta escogió para aquel buldog francés, con quien tuve la oportunidad de compartir por unos días, y que sin embargo, ganó mi corazón y alivió ese temor infundado a los perrunos. En casa nunca tuvimos un animalito.
Pude observar los tiernos tiernos ojitos de Queso, al ser castigado por hacerse pipí en un “sitio no apto”.
¿Qué sabe un bebé de sitios aptos? Queso era un bebé, un perruno bebé, regañado y asustado.
Aquella tarde, se echó sobre las piernas de su amo, para buscar comprensión y cariño. Yo tragué grueso, y en las lágrimas que pujaban por salir de mi alma, iba la carita de Queso cuando me miraba.
Hoy lo recuerdo. Tal vez porque entre él y yo había algo en común: la soledad, la protesta ante lo injusto y preguntas que nadie contestaba.
Queso tiene otra casa, otra familia. El, de blanco y gris, los colores de mis canas.
¡Ojalá Queso esté feliz!
¡Ojalá supiera que lo extraño!

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