Tardo diez minutos en recuperarme del sobresalto. A mi izquierda, dos bultitos respiran al ritmo de la noche, hinchándose y deshinchándose al compás de un suspiro. Me sigue asombrando que no despierten con el escándalo de mi alarma.
Saco un brazo, lo escondo. Una pierna, también. Me enredo en ese ritual como si el tiempo no avanzara. Pero aunque el frío es cruel enemigo, la prisa siempre me encuentra; cuento hasta tres y salto fuera de la cama.
Entro a la ducha, el agua apenas se entibia. Me visto en dos tiempos, muerdo un trozo de pan y el café lo bebo como si fuera aire.
Me acerco a los bultitos, que ahora se agitan entre sueños. Acomodo las tapas de la cama y les dejo un beso en la frente.
Cruzo el umbral de la puerta con la sonrisa del pronto retorno.