Imagen creada ChatGPT • El camino hacia el conocimiento
Pensar por uno mismo en tiempos de ruido
Fernando Giraldo de Andrés
18 de marzo de 2026
El hilo invisible del pensamiento colectivo
En más de una ocasión, la luz del mediodía ha embargado las sombras que me daban cobijo. Mi mente ha estado a punto de implosionar más de una vez sobre un asfalto poroso que no alivia ni modera el calor, sino que lo intensifica. La vida irrumpe sin previo aviso, desnuda; al contrario que los prejuicios, que dejan señales antes de corrompernos por dentro. Por eso, resulta especialmente importante reconocer los síntomas antes de que una opinión o creencia infundada nos habite e infecte el juicio.
Como seres sociales que somos, muchas veces nuestro deseo de ser parte de un propósito colectivo nos convierte en títeres de ideas y líderes, en ciegos seguidores del pensamiento ajeno. Para este grupo de gente que se conforma con aceptar al pie de la letra la línea recta como solución fácil, el mundo deja de existir bajo sus pies. El problema se manifiesta cuando el hilo que los mantiene erguidos se rompe, llevándolos a resultados desastrosos.
Jesús dijo:
“Si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo”.
La dificultad de enfrentarnos a la realidad envuelve en brumas aquello que, por pura intuición, ya conocemos y elegimos ignorar.
La emancipación del conocimiento y el uso de la razón no deben ser pasivos. Ambos están llamados a actuar de forma reflexiva y ética, conduciendo al yo a su mayoría de edad. En 1784, Immanuel Kant, en su ensayo ¿Qué es la Ilustración? , retomó la consigna latina Sapare aude (“atrévete a saber”), promoviendo el uso de la razón y el pensamiento crítico.
John Heywood, poeta y dramaturgo (1497–1580), escribió:
“Los más ilusos son aquellos que eligen ignorar lo que ya saben”.
La disciplina del pensamiento crítico
El pensamiento crítico, bien instruido, abre puertas e ilumina la toma de decisiones. Su valor es invaluable, tanto en el estudio como en la vida cotidiana: evaluación de fuentes, argumentación lógica, análisis de problemas, reflexión personal, comparación de perspectivas y, por último, resolución de conflictos.
Sin embargo, nuestro yo interno —ese que nos habla y nunca aparece en el espejo— vive en estos tiempos una nueva y turbulenta ilustración, alimentada por falsos profetas, bulos y deseos inalcanzables que se revuelven contra nosotros, generándonos una tormenta de frustraciones. Aprender a vivir es una aptitud que no cae de los árboles por su propio peso.
No todos disfrutamos de la genialidad de Newton, pero sí todos podemos tener el valor que demostró al preguntarse:
¿Por qué?
Cuenta la historia que, mientras Isaac Newton permanecía en su jardín de Woolsthorpe, Inglaterra, observó cómo caía una manzana. Este simple hecho cotidiano lo llevó a reflexionar sobre la naturaleza de la gravedad. La enseñanza que podemos extraer de esta historia no es otra que la importancia de formularnos la pregunta adecuada.
El arte del autoconocimiento
El conocimiento no solo se aprovisiona de la contemplación, sino fundamentalmente de los tropiezos. Tropezar significa estar dispuesto a levantarse siempre que caigamos, a ganarnos el derecho a ser felices y a permanecer bajo un sol radiante sin combustionarnos.
Las dudas forman parte del aprendizaje de vivir; la determinación de aprender de los aciertos y de los errores, y de descubrirnos a nosotros mismos como amigos de ese yo que salta dentro de nosotros, ocupando una buena parte de nuestra conciencia.
Sócrates tenía la máxima:
“Conócete a ti mismo”.
Este lema estaba escrito en la entrada del Templo de Apolo en Delfos. Para Sócrates, conocer los límites de nuestra mente es fundamental. La humildad intelectual forma parte del primer paso hacia el autoconocimiento. El proceso para llegar a limpiar nuestra mente pasa por reconocer que, quizá, muchas de nuestras ideas y afirmaciones estén contaminadas por una atmósfera insana de falsas certezas.
La escuela estoica nos desvela que el sufrimiento empieza cuando nos enfrentamos a aquello que no podemos controlar. La aceptación y el autocontrol forman parte de todo aprendizaje para alcanzar la felicidad.
Epicteto, filósofo estoico, sostenía que existen dos tipos de cosas: las que dependen de nosotros y las que no. Dependen de nosotros nuestras opiniones, decisiones, deseos y acciones. No dependen de nosotros la riqueza, la fama, el cuerpo, lo que nos sucede o la muerte.
Cultivar la libertad interior
Conquistar una mente libre en una sociedad llena de estímulos, como la que vivimos hoy, se ha convertido en una auténtica heroicidad. La alfabetización empieza en el hogar; por eso, dotar a los jóvenes de herramientas críticas resulta esencial para que no sucumban a la espera de gustar a todos, al vértigo de una información sesgada, erosionada y sometida a un relato único.
La sensibilidad de todos los actores —familias, instituciones, empresas y centros educativos— debería orientarse a promover la autonomía mental de nuestros jóvenes, si queremos construir en el futuro una sociedad adulta, sana y capaz de afrontar problemas complejos.
El filósofo español Fernando Savater, reflexiona sobre la necesidad de formar ciudadanos capaces de comprender y pensar críticamente:
“Educar no es solo preparar empleados, sino ante todo ciudadanos”.
La idea es preparar a la gente como ciudadanos capaces de entender la necesidad de contribuir significativamente a un diálogo responsable en la formación del pensamiento.
La luz solar no es un concepto abstracto ni hace que perdamos todo contacto con la realidad: es un río de vida que alimenta la tarea principal del conocimiento, un transformador de conciencias y un abrazo entre el juicio propio y la razón intelectual.
