Decidí que la mejor manera de sobrevivir en aquel lugar era pensar en ti. Y así lo hice. Mientras, los fantasmas pasaban junto a mí. Algunos me saludaban, otros me odiaban sin preámbulos. Y algún otro, despistado y tal vez vagando por los campos de amapolas de la fría meseta, me hablaba de poesía, del modernismo, de lo triste que era todo aquello. Yo le sonreía; en realidad, sonreía a todo el mundo mientras pensaba en ti. Tú lo sabes porque te he hablado de ello: cuando pienso en ti, en tu cuerpo, en tus ojos, en tus dedos, no hay lugar para un gesto torcido, tampoco para una mala palabra o una frase que no suene a música, a una orquesta tocando el aleluya de Haendel. Eres así, tu solo recuerdo me hace así y aunque no soporte lo que me rodea, y te puedo asegurar que es todo terriblemente aburrido y soez, ese mechón tuyo que oculta tu mejilla, o esa mirada que dibuja azúcar en el aire, o ese beso que permanece apenas en la madrugada es suficiente para no desenmascararme y gritar lo odioso que es todo, esa estúpida arquitectura social que abomino y en la que tengo que vivir si no quiero morir abandonado en mitad de la multitud.
“Cuando acerco el micrófono para que se desfoguen, siento la frialdad de su aliento, la enfermedad de cada una de sus palabras, los harapos que visten las ideas que dicen defender”
¡Vivir! Otra palabra horrible que suelen pronunciar los muertos vivientes que giran alrededor del mundo con la boca embozada de discursos mendaces. Sí, amor: no es necesario salir de casa para verlos enturbiar el mundo con sus exabruptos. Por televisión, claro, y por la radio y por internet. Ellos hablan porque no saben hacer otra cosa. Hablan, hablan, hablan. Cuando les escucho me derriban con esos verbos ostentosos y esas poses de hombres y mujeres de Estado. Cuando acerco el micrófono para que se desfoguen, amor, siento la frialdad de su aliento, la enfermedad de cada una de las palabras que pronuncian, los harapos que visten las ideas que dicen defender. Entonces pienso en ti y tú, que me ves por televisión, me crees enamorado. De ti, por supuesto. Me lo has dicho alguna vez en la cama. “Cuando grabas a esos mentecatos, eres feliz porque no estás allí. Estás conmigo, sollozando de placer”.
Están enfermos, amor. No te quepa duda. El uno y el otro. Creen ser los protagonistas de una película del oeste o los mariscales de una batalla esencial para la Humanidad. Pero en realidad son unos payasos malévolos, unos grises y tristes personajillos manejados, sin personalidad propia. Se llenan la boca con sueños que ni han tenido ni tendrán nunca. Nos los han robado cuando nos amamos en el bosque, en la orilla del río, debajo de esa luna grande que nos vuelve locos cuando surge del mar. Están ahí, delante de nosotros, muertos putrefactos, para recordarnos que no solo pueden amargarnos en las fábricas, que llegan a los lugares más recónditos para libar nuestra felicidad.
Hablan. Hablan, hablan…
Ya te lo dije, mujer: pensar en ti. En tu boca, en tus ojos, en tu cabello, en tus senos, en ese mundo que me acoge cuando la tempestad asola el mundo con sus broncos ademanes. Pensarte y repensarte hasta hacerme tú y tu mundo. Presiento que siempre te encontraré al doblar la esquina. Ayer mismo vi tu rostro al fondo de la sala de prensa, mientras aquel cabrón repasaba la lista con los nuevos ministros. El presidente me reconoció y dijo estar extrañado con la paz que emanaba de mi rostro. “Y eso que debes estar jodido por mi nombramiento” –añadió–. No le respondí, no pensaba en él, ni en su estupidez. Tú estabas allí sonriéndome. Tu boca me besaba desde la distancia. Qué me importaba aquel personaje jactancioso y ridículo.
Hoy ya es otro día. Ya somos un país serio. Eso afirman por ahí fuera, donde hace frío. Pero tú y yo sabemos, amor mío, que vivimos porque nos sostenemos el uno al otro y que todo lo que nos rodea, oscuro, feo, ingrato, ni nos pertenece ni formamos parte de él. Es lo que nos queda, es lo que me queda cuando tu recuerdo me da fuerzas para sobrevivir.
Amor mío.