Enone, como Judas, pecadores,
cimbrean su mortaja en la madera
de árboles desprendidos donde ardiera
la llama sempiterna de traidores.
Son troncos del infierno, marcadores
de grandes criminales, la frontera
del grito y de la lágrima certera
sembrada con la escoria de las flores.
Y es triste, sin embargo, que así sea
la suerte de los que aman la marea
sangrante del amor desmesurado.
Y tanta es la desdicha, tanto el odio
del que ama sin sentido: el episodio
doliente del cadalso enfebrecido.