A veces piensas que no sirve para nada,
otras devoras los folios.
En esa sempiterna disyuntiva,
mantienes a flote tus nervios.
Entonces echas de menos a Garcilaso
y su falda no es capaz
de borrar la añoranza.
Y vuelves a la biblioteca
ciego de libros.
Pero cuando entras en el coche,
destartalado cómo ella
te atreverías a pegar fuego
a todas las Alejandrias.
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