Pánicos

Me siento frente a la computadora y la escena se repite como un rito doméstico: la silla, el silencio, la promesa del día. Tengo los ingredientes. Tengo la vida vivida, las lecturas, los talleres, los nombres que me han enseñado a confiar en una frase como quien confía en una brújula. Tengo incluso esa fe testaruda que uno acumula después de mirar de cerca a los escritores y descubrir que no son dioses, sino artesanos con miedo.

Y aun así, cuando abro el documento, algo se me desordena por dentro. El pánico no llega como un monstruo épico. Llega como una humedad. Como un nudo minúsculo que se expande.

Me aterra tener una buena idea y no saber contarla. Me aterra avanzar páginas para descubrir que no he dicho nada. Me aterra que el texto no sea más que un cadáver prolijo: bien vestido, sin pulso. El miedo no es solo al fracaso público; es al fracaso íntimo: a no estar a la altura de la emoción que insiste en pedirme forma.

He practicado. He aprendido a construir oraciones simples y complejas; he descrito besos y violencia, ternuras y ruinas. He intentado narrar el paisaje exterior y el otro, más difícil, el que late en la conciencia cuando la imaginación se enciende. He hecho algo parecido a votos: silencio, disciplina, paciencia de fraile. Y sin embargo, al sentarme a escribir, regreso al mismo punto: una puerta que parece cerrada desde adentro.

Entonces escribo sobre el propio bloqueo. Sobre la frustración. Sobre esta ceremonia del miedo. Me digo que no es falta de talento —que el talento es un mito cómodo— y que lo único real es la constancia. Pero a veces la constancia también se cansa de arrastrar su cruz y se vuelve un animal cojo.

¿Me falta narrar? ¿Me falta creer en la historia? ¿Me falta la certeza de que lo vivido puede volverse arquitectura y no solo temblor?

No lo sé. Solo sé esto: sigo buscando, y el pánico no se ha ido. Quizás porque la escritura no es un lugar seguro. Quizás porque, incluso cuando duele, sigue siendo mi manera más honesta de respirar.

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