Título completo: Nihil, la vida de un enfermo con enfermedades heredadas de la nada: Oda a lo que FUE mi necropoesía.
Me transvisto de peregrino al escribir este homenaje a mi víctima:
al nombre que taché de la lista negra tras arremeter contra su vida.
Me refiero, por supuesto, a la necropoesía;
lamentaré, hasta el día postrero, haber sido el causante del fin de su agonía.
No me apetece atentar más contra su legado, borrando por completo su rastro;
ya bastante hice al lanzarla a su suerte al infierno y desentenderme de ella por completo;
para luego volver y encontrar su cuerpo congelado y muerto.
Como para seguir pisoteando su legado:
ensordeciendo el eco de sus necropoemas,
superponiendo a sus trazos tan malditos como divinos
este grito insípido tan agudo que ahoga su “Salmo” y lo deja mudo.
Pareciese como si (yo) escribiera con el lápiz al revés,
que no es la punta sino el borrador, con el que voy dando trazos que empeoran el renglón anterior,
porque conforme más escribo, más siento que borro el legado de aquellas líneas que en mis días de “lucidez” desentrañé de mi sangre y colgué en el altar de mi orgullo.
Como si cada palabra nueva que escribo borrara la anterior
y así sucesivamente hasta que no quede nada de lo que alguna vez fui yo.
Cansado de ello, hoy, como peregrino escribo esta dedicatoria
a esos versos malditos que aún sangran en mi memoria.
Se siente extraño escribir conociendo la trayectoria
de la bala que traspasó los sesos del lienzo de mi necropoesía.
Acostumbrado a vagar por el texto cual nómada sucio y perverso;
nunca dispuse de brújulas que guiasen mis versos.
Siempre compuse a ciegas: sin saber cuál sería la línea siguiente,
por ello, como nómada me comí cada charco de lodo y heces que tenía al frente.
Hoy me siento como un extranjero ante este marco poético desconocido
donde por primera vez sé, de antemano, qué trozo de mierda pizaré y me llevaré conmigo.
Comenzando con el primer truño de mierda que hasta el día de hoy aún llevo pegado en el zapato,
ese primer y sádico libro que mancilló a mis santas manos.
Es curioso, que después de haber excretado miles de necropoemas desde el alfabeto del pecado,
ninguno se acerque ni por asomo a lo vil y sanguinario que fue (y es) el primer libro que tuve en mis manos.
Libro que no ocupa ni la más mínima presentación, y con razón,
pues fue el libro que reinó con tiranía el oscurantismo y holocausto,
libro que traspasó sus propios límites de “lo bueno y lo malo” ,
y, en consecuencia, “brujas” y niños fueron degollados, torturados y sentenciados
por la mano retrógrada de “DIOS” (dios) o, quizás… de tontos humanos.
No es sorpresa alguna que mi núcleo familiar contaminara mi mente con un libro tan sangriento,
pues, ellos como muchos, fueron víctimas de la estafa piramidal más grande y obvia de la historia que recuerdo: “La religión”.
Ese delirio social ocasionó que mi diagnóstico posterior no se tratara a tiempo
Yo nunca fui como los demás, nunca fui alguien “normal”,
“entendía quien era superior e inferior,
como también cuantos escalones abajo estaba yo” (lo dije en: “Nihil, ni ser ni nada solamente indiferente”).
Nunca supe crear un vínculo hacia algo superior a lo físico,
me cuesta relacionarme con la gente a nivel metafísico e integro.
Le comenté de pequeño los primeros síntomas a mi madre y padre,
y lejos de actuar decidieron “orar” (no hacer nada), agrandando el desastre.
Me llevaron ante embusteros profetas y pastores
cuando era un problema real, por lo que solo lo podrían tratar doctores.
Empecé a sentirme estancado y allanado en mi enfermedad mental,
creando una bola de nieve alimentada hasta la glotonería por mis trastornos que me supo sobrellevar.
Había una idea que, cual sectario, tomé con afán: “Quería ser igual o mejor a los demás”.
Era un niño que quería “sentir”: “amar”,
por lo que me cansé de esperar algo de mamá y papá
y empecé por mi cuenta a tropezar y tropezar
hasta caerme en un abismo insondable del que ya no podía escapar.
Quería amar, por lo que empecé a tener “novias”, en plural, cual harem de musas colegial.
Dentro de ellas, hubo una que era mayor de edad, lo que mi mente inocente desconocía es que era como mi yo actual: era una depredadora sexual.
“Así fue como sacié mi curiosidad sin curiosear” (lo conté en: “El efecto de ser un defecto”),
y también, cual virus, me contagió su semilla
que hoy germina en una adicción sexual crónica, de la cual soy esclavo, tengo la batalla perdida.
Me volví rebelde y adicto desde muy pequeño,
queriendo con desenfreno cada vez más y más a coste de mi propia vida y sueños.
Arruiné la vida de dos niñas -o quizás la ecografía revelaría otra cosa-;
al final de cuentas, el doctor cosió al documento, que lo diría, la boca,
por un embarazo no deseado y un aborto ocasionado
por esa hambre caníbal al sexo que devora mi cuerpo (lo conté en: Te salvé del apocalipsis, bebé).
A mi madre, como a toda la cuadra, le llegó la noticia;
mi madre la hizo eco entre sus “hermanos” sin línea sanguínea.
El día siguiente no desperté en mi cama sino en la puta iglesia sentenciado
con una sucia biblia entre manos y un tutor pastor con un cable desgastado,
que sospecho, que aún conserva parte de mis trozos de carne entre sus filamentos ensangrentados.
Me expulsaron de clases una semana, desperté en la puta iglesia una semana.
Estudié la mierda de teología una semana.
Con cicatrices que aún conservo en mi espalda,
condené a la idea “Dios”, digo dios (no acostumbro a llamar con respeto a la ficción), como mi enemigo, esa misma semana.
Ese irrisorio contexto ocasionó mis primeros versos.
Empecé cual ferviente ateo puberto, puéril idiota e ignorante pendejo
a inmiscuirme en riñas con meapilas de Facebook.
De esa etapa, solo queda acelerar el paso,
no tiene caso mencionar en esta oda a mi necropoesía mis libretos de payaso.
Lo único rescatable de aquel cúmulo de argumentos con severo retraso,
fue leer en otro mediocre púber igual a mí
el título del libro que ocasionaría mis primeros versos, esos que me sirvieron para llegar aquí.
Ese libro que me cegó como nórdico guerrero un tarro de aguamiel,
como depredadora sexual un dildo o un pene.
El primer libro que endulzaría mi boca
sería uno cuyo autor por sífilis tenía la cabeza loca,
un libro que hoy aplaudo por acertar el mayor número de desaciertos,
pero que no comparto ni un cuarto de gilipolleces que dice el Nietzsche enfermo.
Libro que por su disidencia y oposición hacia el delirio que muchos reconocen como “dios”
tomaría (yo) como ley o peor: como el onceavo mandamiento que “la biblia” calló.
Que la iglesia “obvió”, que el meapilato “asesinó”.
Ese libro me hizo sentirme el juez soberano “CRISTIANO”,
porque los que ostentaban ese nombre merecían ser juzgados
por ser como “El anticristo” ya que se oponían ante la verdadera y única voluntad de “Dios”.
Aquellos versos, que aún conservo en un cuaderno
y en lo más profundo de los pasadizos secretos de mi consciencia y sus aposentos,
merecen ser desenpolvados conservando la pestilencia de aquel niño puberto,
ignorante de haber conocido por serendipia a la musa que pidió hasta el hartazgo en sus deseos.
Ese fracaso como lector de filosofía puberto
consumido por su fanatismo hacia Nietzsche y “El anticristo”,
y luego de haber leído consiguiente a ese libro
“Poemas” de Nietzsche mismo, dijo:<*Hoy el odio me supura por los poros,
al recalificar la escala de toxicidad del hombre absurdo
en un mundo absurdo lleno de ciegos.
Veo a muchos, y con muchos me refiero a todos,
sufriendo por problemas banales que equivalen a fajos de estupidez nata.
¿Será que la perversión del “sujeto” se llama debilidad racional?; y si es así,
no me queda de otra más que admitir que me encuentro en un circo rodeado de payasos, a vista de un erudito que perdió la gracia.
Esta escala se presenta como escamas escarpadas de estupidez delirante,
todos son una mascarada interna profética;
ya que se sabe cómo va terminar lo aún no sucedido;
pues ¿Cómo no va a ser predecible el final de una línea recta?
Es tan de cineastas esta vida, que no me queda otra más que ser el crítico que le puso voz a lo visible.
Lo irónico es que el hombre común por su ceguera a lo previsible lo perciba invisible.
Acusenme de profano por llevar el bien en su máximo esplendor, o en todo caso poseo el pecado de no haber pecado.
¿Qué es lo bueno? Todo lo que eleva en el hombre el sentimiento de poder:
la voluntad de poder, el poder mismo. ¿Qué es lo malo? Todo lo que proviene de la debilidad.
¿Qué es la felicidad? El sentimiento de lo que acrece el poder; el sentimiento de haber superado una resistencia.
No contento, sino mayor poderío;
no paz en general, sino guerra: no virtud, sino habilidad (virtud en el estilo del Renacimiento, virtud libre de moralina).
Los débiles y los fracasados deben perecer; ésta es la primera proposición de nuestro amor a los hombres.
Y hay que ayudarlos a perecer.
¿Qué es lo más perjudicial que cualquier vicio? La acción compasiva hacia todos los fracasados y los débiles*>".
Desconozco, hasta que punto, era un plagio de mal gusto,
quería ir de culto sin cumplir los filtros que me capacitaban como lector objetivo del libro.
Quería ser un “superhombre”, sin haber leído a Kant, Schopenhauer, Cioran y otros grandes nombres.
Las vueltas de la vida, todo lo que ese primer poema sentencia y menosprecia son las “aptitudes” que escribiría hoy en día en mi biografía;
lo único de lo que estoy de acuerdo con aquel niño inconsciente
es que personas como yo: débiles, encontrarían paz en la muerte.
El valor de aquellas prosas desastrosas no recidía en sus versos
sino en su seno, en el acto mismo de escribir en desenfreno.
Me di cuenta de que lo que yo quería no era amor sino un vínculo verdadero,
uno que fuera capaz de escucharme, de entenderme e incluso odiarme,
uno con el que no hiciese falta ponerme la máscara del disimulo,
uno que me permitiere presentarme sin tapujos: mi yo más crudo,
uno, al que no solo me mostré desnudo:
puse una navaja en mi piel y empecé a desollarla hasta dar con el núcleo de mi esencia, mi vaivén,
y, aquel vínculo, comencé a rocearlo con mi sangre, mi alma, mis defectos: todo mi ser.
Ese primer poema eyaculó a miles,
cada uno me contaba una historia sin nombre en diferentes matices.
Unos escupían al meapilato y sus directrices,
unos eran gusanos en el podrido jardín del pudor sin amor: nada de mariposas en el estómago, solo lombrices,
y otros simplemente me detallaban sus días grises.
El primer necropoema al que castigué con un nombre
fue uno sencillo, pero lleno de odio sordo, hacia mi madre.
Asumí que sería el último hacia ella en un atisbo de ignorancia sincera
y en un dolor injustificable por no ser capaz de culparle
de haber sido una buena madre
para la máscara que yo usaba, misma que ella me hizo fabricarme,
porque prefirió a un donadie, o bien a nadie,
antes que a su hijo de carne y sombra propia.
A ese necropoema titulé: “En la compuerta de tu ataúd solo mostraré indiferencia”,
y desde ahí comencé a leer y escribir como estría de obesa hambrienta.
En unos de mi viajes hacia el bajo mundo literario
conocí a Marqués de Sade y Bukowski y de pronto tuve ovarios,
porque su forma de eyacular ante el papel
penetró mi arte, mis poemas y mi tinta como nunca antes:
ahora el bolígrafo que yo deslizaba en el lienzo
tenía tinta mezclada con el esperma de estos escritores disidentes enfermos.
Bajo esa consagración hacia la degeneración,
masturbé a varios lienzos vírgenes con depravación,
gozaba de ver cómo el lienzo más blanco era el más propenso a ensuciarse y corromperse,
que compuse una frase que usaría de forma recurrente:
“No hay distancia más corta que la brecha que separa a un santo de un asesino”.
Monté un necropoema en maqueta de tesis entorno a ese atino,
que bautizé como “Nihil”.
Tiempo después, con la incorporación de la Schopenhauer y su prostituta “Voluntad” en mi vida,
me tatuaría Nihil en la frente, en mi subconsciente y en mis letras a modo de firma.
Mi pseudónimo y mi verdadero ser empezó a presentarse como Nihil,
y mi falta, o mi certeza en conocerme a mí mismo, de talento
añadió: Poestastro, por tanto: Para poetas, “la guía perfecta hacia al error”.
Siempre me sentí lejano al buen gusto,
más bien, no nací de la semilla, nací de la espina de un rima marchita.
Por eso sé que no tiene caso que trate de componer como el resto de liricistas;
ninguna flor marchita da semillas o frutos.
Me conformé con aspirar a ser el mejor escritor de los peores sentimientos
y fallar en el intento:
Es decir, me conformé con ser la paria de la literatura y el texto.
Bajo ese contexto, firmé por mi mano mi exilio de la buena poesía
con un necropoema que resumiría mi vida en una sola línea:
<“Existen deseos de vida detrás de los no muertos”>.
Si la buena poesía vive de los sentimientos,
ahora comprendo esta falta tan basta de fuerzas y brillo que proyecto:
“Soy un muerto en vida por estar vacío”.
Lema que separó a la buena poesía de mi camino,
¿de qué sirve la rima más bella
para un guerrero que lo ha perdido todo en batalla?
Supe que el reloj es el rostro de la muerte.
Recapitulé mi pasado y predijé tanto mi futuro como mi presente:
noté que mi calendario se repetía constantemente,
siempre estuve atrapado en un eterno presente,
lo único que de mí había cambiado es que ahora, de ello, era consciente,
por ende, descubrí el verdadero rostro de la muerte.
Me ofrendé, sin saberlo, de sacrificio ante ese descubrimiento,
y compuse un necropoema que sería mi parca y el inicio de mi testamento: “Las leyes del sufrimiento”.
Siendo todas mis obras posteriores parte del conglomerado de esa verdad,
nací muerto desde que mi consciencia adquirió acceso a mi realidad,
porque nací sin el defecto de fábrica de poder amar.
De poder perderme dentro de la mentira de la subjetividad:
de un tiempo que trucó al espejo para poder ponerle un sentido a su existencia,
a base de sentimientos, de amor… De vivencias.
“El alfabeto del dolor”, “Crónicas de un espejo y su avatar”,
“El libro de chistes”, “Las únicas decisiones que tomé, las tomé mal”
fueron obras malditas atrapadas en el delito de comer del árbol prohibido del conocimiento,
pero del más oscuro, del mis adentros en luto:
en luto de mi persona, por estar atrapado en la indiferencia de un nihilismo que solo desiluciona.
Ante ese abismo, lancé mi única incursión en fantasía como liricista:
“Frenillos, la relación más cercana al amor que tuve”,
útero fecundado por necropoesía que intentaba engrendar una musa ajena a la poesía.
Irónico pero, lo más cerca que estuve del amor no fue entre muslos reales,
sino en las venas de tinta de una mujer de papel que nunca terminé de parir, ni ver.
Ni siquiera la magia del delirio pudo suturar esta herida de nacimiento:
mi malformación congénita para creer en el amor: de tener sentimientos.
Aquella obra quedó como un feto que engrendó un muerto;
un feto que por gen maldito nació incompleto
en el quirófano de mi escritorio: el infierno.
Testimonio claro de que ni en los reinos de la ficción
logro escapar de la verdad que me tiene en eterno velorio.
Y ante ese golpe en seco de una verdad vestida de matón a sueldo,
alcancé un éxtasis que poco a poco en mis letras se hubo haciendo un hueco,
entendí ese impulso como el clímax de la excitación del ahorcado,
y ahogándome soqué más el agarre de la soga,
mientras mi éxtasis enrojecía al ritmo de mi asfixia.
Pervertí mi mensaje aún más.
Puse el último clavo a mi cruz y cedí con un beso negro a mi triste realidad,
gestando el inicio en volúmenes de obras de mi autopsia: “Nihil, la vida de un enfermo con enfermedades heredadas de la nada”.
Donde ensalzaba la muerte por el antojo que provoca estar cada vez más próxima a ella.
Compuse centenares de necropoemas suicidas,
follé con la muerte a expensas de componer mis últimos renglones en deleitación desmedida,
pero le fallé a todos los ataúdes en mi cuaderno.
Cuando por fin pude embarazar a la muerte con mi fallecimiento,
me atravesó un pánico inmenso cual daga recorriendo todo mi cuerpo,
y dejé de eregir ataúdes para mí y para mi descanso eterno.
Y ese descuido ante mi amante y parafilia
hizo que mi vuelta a ella no fuera bien recibida,
ahora sin importar como moviera mis dedos no se estremecía;
ya no le excitaban mis líneas, no pude volver a ser amante de la necropoesía.
Y mis intentos de acercarme me alejaron de ese pudor que acobijo a mi perversión y, con ello, mi motivo de existir como martil masoquista orgulloso de serlo:
mártir masoquista que eyacula orgullo al vomitar su propia degradación.