“Dijo Dios:«Existan lumbreras en el firmamento del cielo, para separar el día de la noche, para señalar las fiestas, los días y los años, y sirvan de lumbreras en el firmamento del cielo, para iluminar sobre la tierra». Y así fue. E hizo Dios dos lumbreras grandes: la lumbrera mayor para regir el día, y la lumbrera menor para regir la noche; y las estrellas. Y vio Dios que era bueno. Pasó una tarde, pasó una mañana: el día cuarto” (Gen. 1, 14-16.18-19).
Para dormir, el sol pone su cuna
bajo un dosel de ébano y estrellas,
de noches habitadas por centellas
que mecen titilantes a la luna.
Ahí recuesta el sol su luz más bella:
tibio fulgor que en otros mil se aúna
por un cielo nimbado de fortuna,
onírico “big bang” de albor sin mella.
Oculto el sol, se enciende el universo:
bandada de galaxias nebulosas,
sideral canto en el espacio inmerso;
armonías que expanden, poderosas,
la voz de Dios prendida de aquel verso
con que al soñar creó todas las cosas.
Una maravilla de soneto rutilante…
El universo en unos magníficos versos! Te felicito de nuevo por esa maestría que tienes con esta estructura…
Que tengas un buen fin de semana, Joan!
Gracias, María! Mi idea es completar el comentario al relato de la creación con una serie de sonetos que voy componiendo poco a poco. Me faltan dos: el de los animales y el de la creación del hombre… A ver… A veces me atasco. Gracias de nuevo.
Muchas gracias, Walla. De nuevo un honor tu empático comentario. Es difícil, sí. Pero para mi esa dificultad es un goce. La exigencia del ritmo y de la rima, unida a la idea inspiradora, lleva
a depurar al máximo el lenguaje y produce unas sinergias semánticas sorprendentes… Es así. Gracias de nuevo.