Obligada al disimulo
Ya el desapego está cubierto con un trapo de apariencia indiferente. La escena es teatro de tristes arlequines.
Retorno a la ansiedad; las rodillas son polvo tras bastidores de incienso, que acusa a la tos de ser la responsable.
Siguiendo la avenida, antes de medianoche, suenan los mensajes de fantasmas que vaticinan mi muerte repentina.
No podemos mirarnos de frente, el delgado mundo del engaño nos separa. Confunde la lujuria con liturgia.
Despierto avergonzada, he perdidos los brazos y las piernas, ando recorriendo espacios que la motricidad no alcanza. Sé cómo me trago y me mastico, he descubierto que vivir sin extremidades es decoroso. No me afano, devoro el tiempo que es saliva, solo mata el tiempo en su tiempo; es el látigo que busca encontrarse en las entrañas.
Somos dadoras de vida y entre vida y vida se pierde la vida, hecha un laberinto de afectos consumidos en el sinfín de los afanes y entierro de vuelos, que fueron postergados, para guardar en el sepulcro de la indómita esperanza, servida en plato de peltre destrozada.
Hasta el experto en máscaras, David Garrick, se asusta, cambia la indolencia por las simuladas sonrisas de ternura, clavando un puñal en la punta del ojo, que luce hermoso riendo de asombro. Y luego la lista de mandatos…
Obligada a diferir
hui
al silencio
Obligada a sentir
corrí
arropando mi cuerpo
Obligada al disimulo
puse flores
a mis muertos
Obligada a ser gente
nunca percibí
el olor a jazmín
Por un tiempo
solo por un tiempo
abatida a espada
desapareció la obligación