La fiesta hubiera sido una de tantas, igual de aburrida, si no te hubiera encontrado. Estaba en la barra, me valía cualquier bebida que tuviera mucho hielo y, desde ahí, te vi brillar en la pista de baile. Aunque tengo dos pies izquierdos, me acerqué sólo para estar más cerca de ti. El mundo a tu alrededor, tú en el centro de mis pupilas y las luciérnagas rodeando tus ojos.
Quise acercarme, pero no sabía soñar. Además, pensaba que todo el mundo, incluida tú, se reía de la forma en que bailaba. Dulces palabras susurraba al aire. Creo que me escuchaste. Porque saliste a fumar invitándome a seguirte. Hubiera dado todas mis cosas por sólo una palabra. Y, asombrosamente, miraste hacia mí y me preguntaste: «¿Es que no sabes hablar?».
Me hice esa misma pregunta casi durante un minuto. Pensé que te irías, porque era imposible que llegara la primavera después de los meses más oscuros. Pero supiste esperarme y, después de empezar, ya nunca más fui capaz de dejar de hablar.
Te conté mi vida y no saliste huyendo. Me desnudé, física y mentalmente. Rezaba. Temía que cogieras mi corazón y lo aplastaras. Pensaba que no me podía enamorar de ti. Y eso dolía. Pero tú me acariciabas como se acaricia a un animal herido. «Por favor, no te vayas».
Al amanecer no te convertiste en un espectro. Apretaba mi cuerpo contra el tuyo para entrar en calo y, justo en ese preciso momento, decidí que leería todos los libros necesarios para conocerte; que vería todas las películas con las que habías llorado; que nunca cambiaría aquellas sábanas que seguían oliendo a ti.
Pero han pasado los años y parece que ahora los dos queremos que sea el final. Debo alejarme, tengo que estar solo ahora. Porque ayer me miraste de aquella manera y me he di cuenta de que en un segundo he perdido todos mis sueños. Y vuelvo de nuevo a convertirme en un animal herido; que, agazapado en una esquina, trata de morder o arañar a todo el que se acerca a intentar ayudarle; que sólo come sangre y recuerdos felices.
Y la puerta se cierra tras de ti y pienso en abrirla, en seguirte. Pero sé que he perdido la razón. Que no era tan fácil curar los problemas que habitan mi corazón. Y vuelvo a ser yo en noviembre, a las cinco se hace de noche. Siento el viento del norte, me pongo el abrigo y subo las solapas. Porque tengo que volver a estar solo ahora; porque necesito volver a perderme en las paredes de esta habitación; por-que he de volver a ser yo, quien era antes, otra vez de nuevo.