Nos ha costado vivir,
aunque nadie quiera morir.
Ninguno ofrece el cuello
al filo de la noche,
nadie desciende al vacío
como si el aire
supiera recibirlo.
Ni siquiera el suicida
elige la muerte:
quiere apenas
que cese el dolor,
que la herida retire
su brasa.
Si pudiera,
escogería el amor.
Pero unos alzan la guerra,
otros perfeccionan el miedo,
y muchos
se pudren en su inmovilidad.
Nos ha costado vivir.
Hemos pagado con días,
con cuerpos,
con la vieja moneda del espanto,
y la deuda
sigue creciendo en la sombra.
Ni siquiera el suicida
dejaría caer tan pronto
su epitafio:
también él pediría
otra prórroga de sangre.
Morir no cuesta nada,
tal vez apenas
morder la noche
y rasgar la delgada membrana del aire.
Pero la vida duele tanto
que hasta el abismo
parece una puerta sencilla.