Imagen ChatGPT
Fernando Giraldo de Andrés
04/09/2026
NORMALIDAD
Loco o no, vivo en un estado de agotamiento físico y mental permanente. Todos compartimos el mismo mausoleo doméstico. El mismo aliento orgánico y colectivo en descomposición. La muerte está llena de olores y sensaciones físicas.
Me niego a obedecer, a volver sobre mis propios pasos, a devolver una llamada perdida. Somos prescindibles. Lo pensaba al acostarme y ahora, al abrir los ojos, lo pienso también. Incluso cuando consigo olvidar mis delirios, siempre hay alguien que, con una sonrisa barata, despierta en mí ese universo temático que tanto me había costado dejar atrás la noche anterior.
Un vecino tose, alguien lo mira y se aleja. Otro mira demasiado. Una bombilla parpadea. Todo esto ya lo he vivido antes.
Soy un carnero rodeado de estúpidos sebosos que se disfrazan de lobo para esquivar a la muerte. Y, sin embargo, es a mí a quien llaman loco.
Estoy en un pasillo donde todas las puertas permanecen cerradas. Su atmósfera está corrompida. Respiro un aire que parece mofarse de mí. La falta de detalles hace que mi resignación se vuelva corporal bajo el frío neón. No dejan de empujarme.
—¡Camina! —me gritan.
Hay gritos, voces que piden clemencia. Todo termina en un eco que se atraganta.
Terminé en una sala póstuma, beatificada por la mugre. Un grupo de personas, todas vestidas de blanco, se sobresaltó cuando se abrió la puerta. Sus ojos inexpresivos no dejaban de mirarme. Nadie dijo nada. Mis guardianes me ordenaron sentarme y esperar.
De repente, sonó un ruido seco. La gruesa puerta de barrotes comenzó a abrirse y entró un hombre. La única forma de mantener mis impulsos bajo control era permanecer callado.
—De nuevo aquí —dijo.
No respondí.
—Hoy no quieres hablar.
Lo miré desafiante.
—Llévenselo.
—Sí, señor —respondieron al unísono los dos gorilas.
Me encerraron en un espacio desprovisto de color e identidad. Las paredes retenían mis pensamientos. No había ventanas. Ninguna señal de vida. Dentro de aquellas cuatro paredes, el martilleo constante de mi conciencia se convertía en un monólogo frío.
La violencia interna me domina. He aceptado las realidades alternativas que despiertan conmigo cada día. No soy un loco errático. La sociedad es una masa homogénea dominada por una voz que la despoja de identidad. Desconfío de quienes se conforman con despertar cada mañana para volver a hacer lo mismo. Y es a mí a quien llaman loco. Peligroso, cuando son ellos los que van armados en todo momento.
Todas las mañanas me subo a un autobús de línea. Me siento en una jaula rodante.
—Buenos días.
—Buenos días.
Siempre el mismo retorno, la misma reverberación sorda, las mismas caras, los mismos silencios. La misma mugre mantiene sellados los sillones de vinilo, pegados al piso de hojalata. El mismo remache que chirría. El mismo olor a gasóleo quemado.
No estoy seguro de estar aquí y, sin embargo, contemplo una colmena de rostros anodinos que va de aquí para allá. Entran en centros comerciales, se sientan en terrazas y parques, se detienen frente a un semáforo y cruzan cuando se pone en verde. No sé si soy el único que ve una verdad incómoda que los demás prefieren ignorar. Las calles no tienen por qué estar llenas de monstruos, ni tampoco tiene por qué parecerme anormal la normalidad.
Discutía conmigo mismo mientras el autobús avanzaba por las calles con su particular traqueteo. Una nueva parada. Las puertas traseras se abrieron y dos hombres y una mujer bajaron. Un nuevo pasajero subió al autobús: el mismo rostro, el vivo retrato de uno de los hombres que acababa de bajarse. Empecé a dudar de la realidad que me rodeaba. Cerré los ojos y, al abrirlos, descubrí que no se parecía.
El conductor dijo algo que no entendí. Se dirigía al nuevo pasajero, un anciano que arrastraba los pies y que acabó sentándose a mi lado. Me encogí en el asiento sin mirarlo. Puede que todos hagamos las mismas cosas.
El conductor reanudó la marcha. Una fina llovizna resbalaba por los cristales, desdibujando la vista de la calle. Por fin, el trayecto había terminado y las puertas, una vez más, se abrieron. En esta ocasión, todos bajamos de aquel amasijo de hierro oxidado. Todo el mundo aceleró el paso, incluido yo mismo.
Comprendí entonces la verdad:
Yo soy una versión extraña, fragmentada.
