Se arrebuja como una zarza que arde,
ave aterida que se envuelve en sus alas
y esconde su alma y su miedo.
La piel se le agrieta como llanura reseca,
siente los pies y las manos helados
y terror cuando cuchichean las enfermeras.
Cansancio, cutis demacrado, rayos X…
Sabe bien qué significa, es enfermera.
Las lágrimas trazan surcos sórdidos
desde el iris claro
al pozo funámbulo de la ciudad,
riada convertida en río de cieno,
linfa negra y voraz, dogal, una mordaza…
Se acabaron los sueños. Y, es joven.
En el abismo a que se enfrenta el llanto anega
su mirada, un viento irresistible la empuja
como arena liviana y siente, como Eurídice,
que no ha de regresar jamás del Hades.
El último viaje se ha convertido en tu mirada de poeta, en un pasaje gris, donde la vida se escapa y la persona es consciente de que se encamina a ese último viaje, del que no hay billete de vuelta. ¿Le esperará alguien en la última estación? ¡Quién sabe! Gran poema, amigo. Saludos.