Sólo el reflejo de la luz
reside en los objetos.
Nada de esa pureza,
mágica y transparente, deja un rastro
en la gastada superficie
de todas esas cosas que acompañan
la ardiente soledad.
Algo de ese misterio, sin embargo,
habita en sus contornos,
en sus claros perfiles,
en la exacta medida de sus formas,
en ese temblor, leve y silencioso,
que el hombre deja en todo lo que toca.
Como mudos testigos del olvido.