Algo en su siniestra forma de ave y aparejo de piedra,
cubre migajas dentro del accesorio de una vena…
Yo criaba crisálidas dentro de una bambalina,
criaba el color ambiguo de un resorte,
y en ese artilugio de siete temperaturas
moría una huella, algo que se alejaba
y se volteaba hasta volverse sombra.
Ya tarde en el vientre de una amapola
les daba forma a mis ojos,
fuerza de aguas cuyas tildes eran para imaginar mis piernas,
y tira de anarquistas para mis manos;
un fruto en el himno de mis labios hasta un redondel…
Allí el fuego era el secreto, hundido precipicio de cartas y anaqueles.
Veía fugitivos caballos en lomos de trenes,
pus irreversible de la bandera en un hocico hambriento de papeles.
Parado en la sien de las guitarras miraba a los padres cubrirse el rostro…
—Hemos creado monstruos desde que dejamos de orar como niños.
