Algo en su siniestra forma de ave y aparejo de piedra,
cubre migajas dentro del accesorio de una vena…
Yo criaba crisálidas dentro de una bambalina,
criaba el color ambiguo de un resorte,
y en ese artilugio de siete temperaturas
moría una huella, algo que se alejaba
y se volteaba hasta volverse sombra.
Ya tarde en el vientre de una amapola
les daba forma a mis ojos,
fuerza de aguas cuyas tildes eran para imaginar mis piernas,
y tira de anarquistas para mis manos;
un fruto en el himno de mis labios hasta un redondel…
Allí el fuego era el secreto, hundido precipicio de cartas y anaqueles.
Veía fugitivos caballos en lomos de trenes,
pus irreversible de la bandera en un hocico hambriento de papeles.
Parado en la sien de las guitarras miraba a los padres cubrirse el rostro…
—Hemos creado monstruos desde que dejamos de orar como niños.
El germen especifico lleva la sustancia propia que imita la corrupción de la razón, al no ser ya razón pura actúa contrario a la moral pervirtiendo su propia libertad. Aplaudo @hectorgaibor, gusto de verte de nuevo.
Me llamó mucho la atención la construcción de la identidad a través de elementos tan dispares: ‘tildes para imaginar piernas’ y ‘anarquistas para las manos’.
Gracias por compartirlo.
Cuántas sombras hemos creado en nuestro camino, cuántos monstruos que solo están en nuestro pensamiento y nos detienen el paso. Hermoso poema. Felicidades
Saludos muy cordiales, mi amigo poeta. A veces no comulgo con los pares simétricos que aprendí siendo de este mundo… Y de repente, de lo inimaginable, algo surge de lo que está oculto… Un abrazo grande, Fernando