Hoy he recordado a un amigo que ya no está físicamente, pero, si realmente hay un paraíso, él se lo ganó con creces. Se trata de un sacerdote catalán que en su día renunció a unos importantes bienes y a los placeres de la vida. Cambió un bienestar asegurado por estar al lado de los más necesitados. Cuando le vi, y de ello hace muchos años, no era más que un pellejo de piel pegado a los huesos y su única vestimenta era una harapienta sotana blanca. También calzaba unas zapatillas rotas. Quizás fuera el más pobre entre los más pobres, pero respiraba amor por los cuatro costados y sabía regalarlo. Yo dudo en muchas ocasiones de los que critican a los misioneros. No sé si ellos serían capaces de dar tanto amor a sus mujeres o a sus hijos. La Iglesia, como tal, está formada por millones de personas y no todos son Obispos, Arzobispos o Cardenales y éstos, si ven problemas, los ven a mucha distancia como si no les afectara a ellos. La Iglesia está formada por una multitud de hombres y mujeres voluntarios que, con hábito o sin él, luchan por unos valores y por un mundo mejor, sea la que sea, la religión que profesen.
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Es un homenaje que pone el foco en el amor concreto, no en las instituciones.
El autor recuerda a un sacerdote que eligió la pobreza total para estar con los más necesitados: “un pellejo de piel pegado a los huesos” con sotana rota, pero que “respiraba amor por los cuatro costados”. La imagen física contrasta con la riqueza espiritual que le atribuye.
En pocas líneas pasa de la memoria personal a una idea: el paraíso se gana estando al lado de quien sufre.
Mmm
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El paraíso no se gana por estar sólo al lado del que sufre. Tal vez se gane por dar la vida propia, para intentar salvar la de un semejante. Una decisión así es Divina, no humana.
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