Mirar sintiendo

                      Mirar sintiendo

Sentada frente a una imagen que cuelga de la pared, el aire suave despeina mis pensamientos, los anuda en cada espacio que habita el paisaje. Me entrego a la profundidad que la naturaleza transfiere en silencio.

Veo una banca recostada contra un tronco, banca que llama a sentarse con los placeres que hacen aflorar el ser en sí; pareciera decir dulcemente: “Siéntate, mira y piensa, llega a tu interior, allí verás florecer las rosas amarillas que quisiste cosechar, y no pudiste porque te faltó un trecho para llegar hasta ti”.

Pienso en el tronco, tronco fuerte donde se apoya la vida. ¡Qué importante! La vida nace y se hace a su alrededor. Bueno tener un tronco para recostar las penas, el árbol nunca dice que no, siempre está allí. No pasa lo mismo con la humanidad; en casos, una mano gélida brinda con una copa vacía.

Grueso el tronco, infunde respeto y seguridad, aparenta una fortaleza que resiste tempestades. Pero, ¿allí su resistencia?, ¿allí su fortaleza? Es una cadena que hace armonía singular, el tronco es fuerte si sus raíces son profundas y capaces de mantenerlo en pie para servir. Así son los valores, con arraigo para mantener la historia, la dignidad y la cultura.

El tronco se viste de un follaje espeso que hace copa, juega a mitigar la radiación, da frescor a pensar en plenitud y sanidad a los pulmones. Definitivamente el techo de los árboles es manantial de pensamientos que corren sin prisa, el tiempo su aliado y los sueños su fruto.

De frente, el mar, un estanque de agua que ondula regando de brumas sus lomos. Un horizonte amplio, una autopista donde viajan todo tipo de emociones que se disipan en las profundidades. Antes de su llegada, una alfombra de granos de oro tibios se le tiende; la arena juega con los dedos provocando risa y placer antes de aventurarse en sus aguas.

El ocaso va ocultando el sol lentamente, deja una franja de luz que atraviesa el mar. A su alrededor lucecitas verdes y azules hacen el brillo, que desde la banca invita a reflexionar.

El mar nunca se ha visto en un espejo, ni presume su belleza, no necesita ver el reflejo de su brillo. Sencillamente el goce no está en presumir sino en recibir lo que das sin intención retributiva. Te ofrenda en bandeja de salitre: paz, sosiego, sabiduría. ¡Bondadoso mar!

A lo lejos se divisa una isla; la isla que disfruta de la brisa marina, de su esplendor y sustento. A veces la isla resguarda la historia del hombre viviente en las costas; otras veces se hace destructora de su cultura ancestral y devora la armonía universal sintiéndose emperadora de un reino que ya posee su propio trono.

Cierro los ojos, estoy sentada en la banca, disfrutando a distancia de las imágenes que habité con la mirada y allí, en mi silencio, crecieron las flores amarillas.

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Un texto que te invita a sentarte, respirar y mirar hacia adentro. Hermoso recordatorio de que la paz, como las rosas amarillas, florece en el silencio.