— ¿Qué harías si no tuvieses miedo?
— Vivir.
Beber, fumar
y no volver en cinco noches,
tatuarme el Prado en la espalda
y componer con oídos sordos,
cortar la excentricidad
y teñirla de azul, de turquesa, de violeta
o de cualquier color con el que
me vista ese día,
quererme más y querer a los demás
sin etiquetas,
gritar más, llorar más, reír más, odiar más
sin rendirle cuentas al karma,
olvidarme del corazón y apagar la alarma
de los seis meses,
olvidarme de la cabeza como ella
se olvida de mí cuando quiere,
viajar,
viajar y viajar
y dormir en el bosque o en un hotel
de carretera,
dormir en camas ajenas
y desnudarme si hace falta,
quitarme la mascarilla
y bailar aunque no sepa,
no perdonar nunca la toxicidad
en sangre y escribir
de forma descarada y plagiando
a cada autor de épocas doradas
como si no fuesen nada,
fotografiar más ahí arriba
y menos con las manos,
llevar tacones, llevar cuero
y hacer más peinetas
(pero no en el pelo),
montar en aviones y helicópteros
y tirarme del Empire State a matar,
cambiarme el nombre
y subir a más de mil metros de altitud,
adoptar arañas y perros y pingüinos
y cualquier criatura más extraordinaria
que yo,
ligar con rubias y besar a mayores
y jugar a gustar sin vergüenza,
colarme en conciertos
como lo haría en los aeropuertos
de Brasil,
cometer faltas y dejar espacios
entre motos y tormentas de Cork,
mirar las noches
y no despertar
y no estudiar frente al mar
y no trabajar
y estar sola y enamorada
del romanticismo del drama
y la tragedia del amor
y ser sin preguntarme por qué.
Estar aquí, supongo.
— ¿Y por qué no lo haces?
— Porque debo morir, así que sobrevivo. Sólo eso.
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Hermoso! 



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Muchas gracias!
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