Cuando tenía cinco o seis años disfrutaba con mi pequeño mundo. Este constaba de una reducida habitación donde guardaba juegos, revistas infantiles, cromos, canicas etc. y lo más importante de todo, era el lugar donde hablaba con mi mejor amigo, se llamaba Bruk, un pequeño setter inglés al que le contaba todos mis secretos. Con el paso del tiempo mi pequeño mundo se fue ampliando y empecé con alegrías, tristezas, amores, desamores, etc. En muchas ocasiones fui con amigos a la playa y quedaba absorto mirando el horizonte. Sí, realmente detrás de aquel horizonte había más mundo del que yo conocía. Pasados unos años tuve la ocasión de recorrer parte del gran mundo y visité Puerto Rico, Jamaica, República Dominicana, Haití, Nicaragua, Costa Rica, Venezuela, El Salvador, Guatemala y Honduras. Todos estos países eran muy hermosos, pero también tenían una cosa más en común: la pobreza que había en la mayor parte de ellos. Cuando pasados unos años regresé a España lo hice ciertamente asustado. Había comprobado las desigualdades y las urgentes necesidades que había en el gran mundo, las cuales no eran atendidas por sus gobernantes y los países dotados económicamente también eran ciegos ante sus necesidades. En muchas ocasiones he pensado que el mundo de mi infancia, aun siendo pequeño era el mejor. Los años han seguido pasando y tal vez inconscientemente he vuelto a mi ayer, a mi pequeño mundo. En los bajos de la vieja casa donde vivo tengo mi despacho, mis libros, una sala donde recibo a mis amigos y mi taller donde durante años he llevado a cabo mis pinturas y esculturas. Si me siento con ganas salgo a pasear las noches estrelladas en compañía de mis perros. Este es mi pequeño mundo y de él ya no me quiero mover.
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Hermoso escrito. Coincido contigo en que la remembranza de la infancia y el frugal disfrute del ¨pequeño mundo¨, que nos hemos construido en el presente , son los apoyos que el hombre necesita en el otoño de su vida.
Aplausos!
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Muy agradecido por tu respuesta que me anima a seguir escribiendo. Un abrazo.