Mi casa

La casa en la que vivo es muy anciana, pero sigue tan fuerte y altiva, como el día que fue construida. Según la documentación que tengo, son casi 300 años los que carga sobre sus grandes piedras. Son tantas las almas que han pasado por ella que, en ocasiones, tengo la sensación que hay sombras escondidas observando mi vivir. La casa es mi pequeña fortaleza, y lugar de inspiración. En sus paredes están impregnadas las emociones de generaciones pasadas: sus luchas, sus risas, sus tristezas, sus desengaños, y como no, también sus amores. La casa está apartada del pueblo y la rodea una espesa vegetación. En primavera, los pájaros se acercan a mi balcón, y yo los alimento con unas migas de pan. Ellos me dan compañía, y algunos con sus trinos me alegran el corazón. Adoro la libertad que tienen. Me recuerdan mi juventud en la que yo también quise volar, y volé lejos, muy lejos, a una tierra dónde conocí el amor. Es una tierra de volcanes, de grandes ríos y de selvas casi impenetrables donde solo el jaguar era el rey de todo ello.

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