Me llamo noche blanca y pura, soy la nada.
Me llamo sombra fresca y dulce, soy destino.
A veces, soy la huella eterna y soy camino
renazco en lagos de agua mansa, casi helada.
Me llaman alma en pena, porque estoy quebrada
me llaman alma buena, porque nunca atino
a ver la mano dura, el borde helado y fino
de aquella daga roja, a un mar de luz clavada.
Pretendo ser raíz que crece en tierra arada
y solo soy jardín de sal, sin flor o espino,
mi canto roto atiza el fuego azul endrino,
que cura al punto, el mal forjado en sangre amada.
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Ahora soy la piel sincera, en paz dormida
y en tierra seca, al viento sur, le doy frescura
con paso lento, vista aguda y risa herida.
Escribo sola, avanzo entera, al fin curtida…
me agarro al mundo y siempre encuentro un dios que abjura;
mi verso eterno es letra limpia a mí ceñida.
Me llaman beso porque soy sutil salida
del pozo estrecho, donde escondo más ternura…
me llaman diosa porque fui, mujer, parida.