Luto


Imagen Gemini

Fernando Giraldo de Andrés

                                                                      LUTO

Las miradas se clavaban sobre un sujeto de pelo entrecano, barba poblada y descuidada. Su rostro sostenía la mirada de quienes pasaban junto a él. Sus ojos negros parecían un sumidero que dejaba entrar la luz, pero no salir.

De repente, un hombre alto y bien vestido dio un salto atrás al ver cómo aquel extraño, sin decir palabra, extendía el brazo hacia él. Una mujer que caminaba detrás cambió rápidamente de acera. Nadie quería tener nada que ver con él… Nadie se atrevía a tocarlo.

A la mañana siguiente, los sonidos propios de una capital huérfana de pulso se desperezaban un día más: el eco lejano de un motor, los pasos solitarios del panadero, el aroma a café recién hecho. Pero aquel nuevo día traía consigo algo más; el ruido parecía amortiguado por un luto que lo devoraba todo.

Una atmósfera opresiva, casi sobrenatural, empañaba los efluvios de café recién hecho que recorrían las aceras. Las palomas que habitaban los parques habían desaparecido, como si percibieran un peligro que nadie más podía ver.

La aparición no solo yacía sobre un pavimento oscuro de pinceladas grises, sino que parecía tirar de él, como si quisiera tragárselo. Cada paso dejaba una huella de tinta china: una mancha negra que respiraba como un verdugo paciente, esperando su hora de actuar.

Los días pasaban y su rostro, castigado por las aristas cortantes del tiempo, había permitido que la calidez de su alma se extinguiera. Después de semanas, su espalda estaba encorvada; su silueta había dejado de ser erguida para convertirse en algo amorfo que cedía bajo su propio peso.

Aquella incómoda presencia hacía de la urbe un lugar silencioso donde ni los perros ladraban. Las ventanas permanecían cerradas y la gente, sin saber muy bien por qué, seguía al rebaño evitando algunas calles.

El tiempo se había asentado sobre una metrópolis que había perdido su color. Sus avenidas grises descansaban desde hacía tiempo sobre un asfalto que olía a brea.

La oscuridad que emanaba de aquel extraño señalaba a quienes le habían dado la espalda. Había dejado de ser un hombre para convertirse en el tejido mismo de esa ciudad: un callejón profundo que no figuraba en ningún mapa. La infección se había extendido tanto que ahora sus habitantes compartían junto a él un mismo destino: la nada.

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Tu relato impresiona es muy profundo y real. Me ha gustado. Un abrazo.

Gracias por tu tiempo y leer.

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Profundo relato, me ha gustado

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Tus palabras dan cuenta de una forma de hacer lo cotidiano como una forma profunda del existir.
Un gran saludo.

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Gracias, compañero, por tu lectura.

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Gracias por comentar. Un abrazo.

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Es una alegoría sobre el abandono convertido en contagio.

En el fondo dice: cuando una sociedad deja de mirar a sus excluidos, termina pareciéndose a ellos.

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Gracias de corazón por tu tiempo y por tu mirada tan aguda.

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El luto es consecuente en todos los seres que tienen conciencia de la muerte, el realismo mágico interviene en el relato, cuando es la ciudad la que se enluta alrededor de un cuerpo, que siendo de su propiedad es de otra naturaleza.
Aplausos @Fernando .

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Te agradezco de corazón este comentario tan lúcido y profundo. Que hayas percibido ese luto colectivo de la ciudad y la naturaleza del cuerpo me llena de orgullo como autor. Muchísimas gracias por leer el relato.

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El lado oscuro de la urbe…
Excelente relato, Fernando!

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¡Muchas gracias, Maria! Me alegra muchísimo que te haya gustado y que te hayas sumergido en ese lado oscuro de la ciudad.

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