Los secretos de la ria

Me siento a ver el atardecer, en el mismo lugar de siempre.

A la vera de la ría, cada día ella me conoce más y yo a ella. Sé hacia dónde van sus mareas cantábricas; sé cuándo está de buen humor, cuando el agua se mece suave, y sé cuándo se enfurece, cuando sacude con violencia los tabiques del muelle.

Hoy parece estar tranquila. El sol desciende tras los altos edificios de la otra orilla. Una brisa ligera me revuelve el cabello, que ya empieza a ser demasiado largo. Ella sabe cómo estoy, y aunque usted, lector, tenga curiosidad, no le revelaré el secreto que guardamos en esta nueva cita.

Ante mí desfilan cientos de personas. Me gusta imaginar la vida que late en cada una de ellas. Una pareja se detiene, se toma de la mano y se besa. El tiempo se detiene; el sol, como cómplice, se asoma por última vez para contemplarlos. Una escena bella, que ni él quiso perderse.

Dirán que soy un romántico empedernido, aunque me han llamado frío más veces de las que podría contar. La verdad es que, por azar, me encontré frente a algo que hizo vibrar mis sentidos, que me enseñó que siento más de lo que pienso. Y por ello he cometido errores. Muchos. Pero si hace falta, pediré mil perdones por haber sentido como nunca antes.

De pronto, un hombre mayor aparece caminando con paso sereno. Lleva un jersey rojo —supongo, pues soy daltónico y no lo sé con certeza—, anillos de oro, un reloj brillante y un aroma a añejo. Camina hacia el atardecer cuando, en ese instante, una mujer cruza su camino. Es elegante como la seda, de andares firmes, con un aire de clase natural. Se gira. Él también. Sus miradas se encuentran.

—¿Gloria?

—¿Andrés?

El corazón me da un vuelco. La escena tiene la fugacidad de una película de Woody Allen y la luz de un cuadro de Vermeer.

—¡Cuánto tiempo! —dice ella.

—Una vida entera… qué casualidad —responde él.

No podía creer lo que presenciaba. El sol parecía demorarse, como si también quisiera contemplar ese reencuentro.

—¿Qué ha sido de ti? —preguntó él.

Escuché fragmentos de sus historias. Ella había sido maestra; él, obrero en los astilleros como su padre. Entonces, tras unos intercambios de palabras llenas de felicidad entre ambos, llegó la frase que me estremeció:

—Gloria, perdona que te lo diga… pero sigues tan guapa como la primera vez que te vi.

Ella sonrió, se tocó el precioso cabello y lanzó la pregunta con algo de timidez, como si fuera una adolescente:

—Tú también, Andrés… ¿te apetecería tomar un café un día?

Él buscó en su bolsillo un papel y un bolígrafo. Sus dedos temblaban, torpes y nerviosos por el momento. Ella, con manos igual de temblorosas, escribió un número.

El sol, ya cansado, cerró por fin las puertas del ocaso.

—Estoy encantado de verte, Gloria. No dudes de que te llamaré.

—Adiós, Andrés.

—Adiós, Gloria.

Se alejaron en direcciones opuestas: ella hacia la sombra, él hacia el atardecer. Pero antes de perderla de vista, él se giró. La observó desde la distancia con la nostalgia de quien aún desearía correr tras ella. Las miradas no mienten, pero la vida y la edad pesan. Con un suspiro resignado, volvió a su camino.

Lo que no supo es que, al girarse, ella también lo hizo. Y lo miró con la misma intensidad.

¿Qué habrá sido de su historia? ¿Qué pasó entre ellos? ¿Por qué esas miradas? ¿Por qué esperar toda una vida a un azar?

¿Tomarán ese café? ¿Habrá llamada? ¿Qué riesgos dejaron sin tomar?

Prefiero no imaginar lo que sentirán esta noche, cuando cada uno, en soledad, cierre los ojos. Qué pensamientos, qué mariposas, qué temblores despertará el recuerdo.

La vida es una. La vida es para arriesgarse. Las miradas no mienten, los cuerpos no engañan.

El viento arreció y tuve que marcharme, entre la felicidad del momento vivido y la angustia de no tener por qué despertar mañana temprano. Sin motivo, ni fin. Tendré que volver a mi ciudad un tiempo y veré los riesgos que trae la vida, sin quedarme parado. Termino así este breve escrito, convencido de que los secretos que la ría y yo compartimos son insignificantes comparados con los que guarda desde toda la eternidad.

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