Los poemas que nunca escribirán

Que mueran los poetas
siempre resulta doloroso;
pero que mueran jóvenes
es una forma del desperdicio.

Han nacido para permanecer.
Por eso, cuando mueren temprano,
todavía en la primavera de su voz,
les inventamos enigmas,
los rodeamos de misterio,
negamos la evidencia de sus cuerpos.

Sugerimos una conspiración policial,
un caso equivocado de sicariato,
la venganza de un amante
o la mano oscura del destino
corrigiendo demasiado pronto
los borradores de la vida.

La muerte temprana de un poeta
casi siempre fabrica una leyenda.

Entonces hurgamos en sus versos
buscando las claves del misterio,
como si el poeta hubiera conocido
la fecha exacta de su muerte
y hubiese dejado señales
entre los senderos metafóricos
de su peregrinación por la palabra.

Leemos hacia atrás.
Convertimos cada sombra en presagio,
cada despedida en testamento,
cada pájaro en un mensajero
que nosotros, distraídos,
no supimos escuchar a tiempo.

Todo termina reducido a un epitafio
donde se dan cita la fantasía,
el culto a la tragedia
y nuestra necesidad de nuevas víctimas.

Es bueno, sin embargo,
que mueran jóvenes los poetas.

Bueno para los fabricantes de leyendas,
para quienes necesitan una tumba
donde depositar sus propias pérdidas,
para quienes prefieren al poeta inmóvil,
hermoso y definitivamente silencioso.

A nosotros, en cambio,
nos queda imaginar los libros
que no alcanzaron a escribir,
los poemas que ya no llegarán
a contradecir sus epitafios.

Y acaso sea esa
la muerte más dolorosa:

no la del poeta tendido bajo tierra,
sino la de todas las palabras
que fueron enterradas con él.

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