Los que se marchan dejan un silencio conmovedor, un vacío inmisericorde, una sensación de río sin caudal, de noches sin aurora, de oscuridad infinita, de brújula sin sentido. A veces pareciera que nunca han estado, pues se esfuman como espejismos y sin embargo persisten en la memoria y en el corazón. Sus cuerpos son importantes, recordamos su sombra junto a la nuestra y los abrazamos en la distancia, los besamos y les decimos palabras al oído, palabras que se lleva el viento, aunque secretamente creemos que son ellos quienes la escuchan en silencio. Conservamos sus fotografías, instantes suspendidos en el tiempo. A veces una canción, una simple melodía los trae de regreso y recordamos con nostalgia cómo, junto a aquella sonoridad armónica, fuimos felices y nos dijimos tanto, casi que con muy poco.
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