El vino tenía olor a tierra
a comunión del cuerpo y la sangre
a madurez en la noche,
a lluvia y calor.
El sol tenía color a vino
a sabor resplandeciente,
a luz fresca de la mañana,
a respiración limpia.
Lo bebí, con la garganta palpitante,
bebí burbujas de dioses,
bebí, relámpagos de sangre,
como en un incendio de pájaros,
bebí, en la noche complaciente.
Y la noche palpitante le devolvió sus enseres, en su cuerpo surfactante, un sueño y muchos quereres. Aplausos @joseantonioborrego. Impactante lo que bebió.
Es un texto que celebra lo terrenal y lo sagrado al mismo tiempo, recordándonos que las cosas más simples (un trago de vino, un rayo de sol) son, en realidad, milagrosas.