Levando ancla

Quiso abrazar lo más bello de la vida en un segundo y al mismo tiempo, liarse a patadas con todo lo que le provocaba odio, malestar, inseguridad. Empezó a contarle su historia, a pesar de que se conocían desde siempre, pero se la contó como si nunca antes se hubieran visto. Iba a dejar atrás todo, iba a irse y lo sabía, aunque nadie se lo hubiera dicho, pero lo sentía muy adentro, muy directo. Sus fuerzas se reducían sin poder evitarlo y le parecía que cualquier cosa que quisiera hacer sería insuperable.

Su interlocutor no pudo contenerse y estalló, como era de esperar.
El diablo se frotó las manos, se encogió de hombros, miró a izquierda y derecha, miró hacia donde se situaba la corte celeste, escupió al suelo, blasfemó -¿el diablo blasfema?- y asombrado sentenció sin alardes:
-Estas cabronas casi me ganan la partida. Son tan malas como yo mismo: corruptas, ineptas, estúpidas, ineficaces y para rematar: incautas y descuidadas. Las han pillado, aunque no se pueda demostrar porque la subjetividad de los hechos complica la defensa.
Y añadió:
-¡Son peores que yo! Ni yo lo hubiera hecho tan bien, aunque tienen que refinar sus métodos…
Después de escucharlo le dio la espalda, entendió que no podría hacer más, que su historia, triste e injusta historia, no tenía solución final, que ella misma debía desencadenar su desenlace, dedicando sus maltrechas energías a hacer cosas que realmente le produjeran satisfacción; muy simple, ser valiente y centrarse en lo que más te guste, en lo que más te aporte. Muy simple y sin embargo, nada fácil. Pero debía seguir avanzando en su camino.

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